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Lunes, 5 de junio de 2000

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Música y escena

Las cantigas del rey Alfonso

Por José Ramón Ripoll

Los tesoros más valiosos del arte y la cultura, no sólo son aquellos que ocultan en los cofres oro y piedras preciosas, sino en los que, a través del brillo refulgente de sus piezas, son capaces de reflejar la expresión misteriosa de la humanidad. La música es quizás el espejo más auténtico de nuestras figuras, pero a la vez el más difuso, a la hora de descubrir cuanto fuimos.

Uno de los documentos más importantes de la música española son los cuatrocientos cantos reunidos en los Códices de El Escorial, Toledo y Florencia, conocidos bajo el título de Cantigas del rey Alfonso X. Música y poesía han caminado paralelamente a lo largo de la historia.

Puede decirse que la poesía se encuentra más a gusto al lado de la música —porque a veces es música— que de la literatura. Naturalmente, no todos fueron escritos por el rey poeta, sino que son fruto de colaboraciones, recopilaciones y ayudas de otros trovadores de la época. El reino del monarca sabio fue refugio de la cultura provenzal, y la mayoría de los poetas y trovadores de renombre merecieron la hospitalidad y protección del rey. La colección de estas tonadas, acompañadas de variados textos poéticos escritos en gallego o portugués, se consagran en su mayor parte a la Virgen María, glosando sus milagros y atributos, acompañadas por otras de carácter profano, llamadas cantigas de loor.

Cada cantiga tiene escrita la notación sobre la primera copla y estribillo. Su música, su andamiaje y su estilo sintetizan el sentimiento del hombre que aunó en la Península Ibérica todo el movimiento intelectual del siglo xiii. El hecho de que las cantigas estén escritas en galaico-portugués se debe al prestigio y desarrollo alcanzado por los trovadores del noroeste de la península Ibérica, importando los modismos provenzales y de la lengua de Oc, y no porque en Castilla no existiera un suficiente abono para la poesía lírica. Recordemos el florecimiento de las primitivas jarchas, que no eran más que las canciones de amigo mozárabes.

La estructura estrófica y musical de las Cantigas responden al villancico o virelai o zéjel. Fueron compuestas para ser interpretadas en ciertos actos públicos y religiosos. En el testamento de El rey Sabio, se ordena que los libros de cantares se guardaren en la iglesia donde fuera a ser enterrado, con el fin de poder cantarse en la festividad de Santa María. Debían ser interpretarse acompañadas de una variada coloratura instrumental, como apuntan las miniaturas ilustrativas de los códices, aunque no existe ninguna aclaración precisa con respecto a esta cuestión, ya que los juglares eran expertos intérpretes que improvisaban con versatilidad según las posibilidades de sus respectivos instrumentos.

Las Cantigas fijan el azogue de la música española que, ya en la Edad Media, comienza a reflejar una singularidad indiscutible.

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