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Martes, 27 de julio de 1999

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ARTE / Claroscuro

El Cristo de Alonso Cano

Por Susana Calvo Capilla

Este pintor granadino, nacido en 1601, se formó como pintor en Sevilla, en un taller donde coincidió con Velázquez, y donde, como él, cultivó el estilo tenebrista propio de la escuela sevillana en esos años. En 1638, fue llamado a la corte madrileña —quizá recomendado por Velázquez— donde pudo entrar en contacto directo con las obras del maestro y con las ricas colecciones reales. Su estilo se fue refinando, abandonó el realismo sevillano y asimiló la luminosidad y delicadeza de los pintores venecianos, cuyas obras se ocupó de restaurar tras el incendio del Palacio del Buen Retiro, en 1640. A ello sumó un sabio acercamiento a la técnica y al cromatismo velazqueño.

Todo ello está presente en su Cristo, cuyo cuerpo lívido y desfallecido, apenas cubierto por un inmaculado paño, sostiene un ángel que pone el contrapunto de color, con su túnica malva. El rostro de Jesús, en ligera penumbra, es uno de los rostros más conmovedores y elegantes de este museo, cercano al rostro del Crucificado de Velázquez. En su semblante cansado y sereno, no hay asomo del dramatismo que caracterizó el arte religioso español de la época y que nuestro querido poeta gaditano, Rafael Alberti, describe como un «angustioso pozo repetido de aguas insoportables».

Ese tremendismo español le hace exclamar a Alberti: «¡Oh tristeza, oh temores, oh despiadados siglos de responsos, ejercicios espirituales loyolescos, rosarios...!». Estas palabras se han extraído de su Arboleda Perdida, entre cuyos árboles aparece con frecuencia el Museo del Prado, al que el poeta se halla emocionalmente muy vinculado.

Rafael Alberti quiso ser pintor antes que poeta y, en su juventud, el museo fue su segunda casa. Más tarde, durante la guerra civil española, en 1936, participó en la evacuación de sus cuadros, con el fin de salvarlos de los duros bombardeos que se cernieron sobre Madrid.

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