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Miércoles, 7 de julio de 1999

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Lengua

Oír con segundas

Por Blas Matamoro

Se supone que las palabras tienen un sentido primero y luego, según manda la matemática, un sentido segundo y, si se quiere, uno tercero y sigamos adelante. No hay primera sin segunda, sostiene el dicho popular. Y, por una vez, el diccionario y el folclore están de acuerdo. Si se admitiera la jerarquía, las palabras podrían tener segundos sentidos si respetaran el primero, mas la vida del lenguaje no es siempre —mejor dicho: no lo es casi nunca— jerárquica y así ocurre que los sentidos segundos desplazan y acaban borrando los primeros. Antiguo es, simplemente, lo de antes, pero normalmente usamos el adjetivo para designar lo que ha sido derogado por el tiempo, lo anticuado, lo que ya no sirve. Y ocurre que muchas cosas antiguas, por el contrario, demuestran su solidez, precisamente, por su antigüedad.

Pueril es lo que atañe a los niños, una palabra descriptiva. Sin embargo, lo pueril nos suena a poco maduro, a indebidamente aniñado. Una puerilidad difícilmente se menta sin cierto matiz despectivo. Redondo es lo circular o esférico. No obstante, si digo que esta novela quedó redonda o que tal negocio me salió redondo, pienso en la perfección y no en la redondez, supuesto que sean distintas. Los ejemplos pueden multiplicarse hasta exceder nuestra módica paginita. Pero cabe todavía una observación: cuando las segundas desplazan a las primeras, queda siempre sofocado o amordazado el sentido primitivo de la palabra, hay un decir que ha enmudecido detrás de otro decir. Y, en cualquier momento, puede tornarse nuevamente audible. Es lo que hacen los etimólogos, los cazadores de étimos, los que buscan ese sentido definitivo y primerizo de las palabras, que nunca existió pero que brilla en su fondo como la promesa de un tesoro.

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