ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Era don Rodrigo de la Fuente doctor en medicina, el de más fama en la ciudad de Toledo, al decir del huésped de la posada de La Ilustre Fregona cervantina. A buen seguro que el médico frecuentaba los mismos círculos que El Greco, persona inclinada a las conversaciones eruditas, amante de la música y de la lectura. Porque, según parece, ni místico ni visionario era el pintor cretense en su vida privada, a pesar de lo que dejaran suponer sus obras.
Este retrato, que debió de pintarse antes de 1589, fecha de la muerte del galeno, tiene la impronta personal de todas las obras de El Greco. El doctor de la Fuente tiene un aire distante y distinguido, su mirada es firme y al mismo tiempo ensimismada, su fina barba se destaca sobre la gola blanca y ésta sobre el azabache de su traje. No hay asomo aquí del sarcasmo con que describe a los médicos un gran poeta de la época. Célebre por su afilada y viperina lengua, a menudo les hizo blanco de su ironía mordaz.
En un romance satírico, alude el escritor al gran anillo que, como el doctor de la Fuente, llevaban los médicos en el dedo pulgar: «la losa en sortijón pronosticada», comparándolo con una losa sepulcral porque, al palpar a los enfermos, aquél les provocaba similar escalofrío. Y es que, en su opinión, los médicos mataban más que sanaban, sin dejar por ello de embolsarse sus buenos reales:
Él es médico honrado,
por la gracia del Señor,
que tiene muy buenas letras
en el cambio y el bolsón.
Quien os lo pintó cobarde
no lo conoce, y mintió,
que ha muerto más hombres vivos
que mató el Cid Campeador.
En entrando en una casa tiene tal reputación,
que luego dicen los niños:
«Dios perdone al que murió».
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No se le ha muerto ninguno
de los que cura hasta hoy,
porque antes que se mueran
los mata en confesión.