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Lunes, 27 de julio de 1998

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Literatura

Peana y premio

Por José Jiménez Lozano

Por 1913, había un jardincillo con muchos árboles delante del Congreso de los Diputados, y allí había unos bancos y una estatua del señor Miguel de Cervantes; pero por esas fechas se la quitó de allí para poner la estatua de un político, don Práxedes Mateo Sagasta, y hubo protestas de escritores y otros hombres de libros y de pluma. Entonces Azorín, uno de los señores del 98, seguramente el más taciturno y apacible de todos ellos, salió al quite.

¿Por qué se protestaba?, vino a decir. Había que saber primero quién era el uno —el que iba a ser apeado de la peana— y quién era el otro, el caballero cuya efigie iba a instalarse. Y Azorín lo documentaba. El uno era un simple recaudador de contribuciones, que además escribió libros; el otro había sido diputado, jefe de un gran partido, ministro, y presidente del Consejo, nada menos, y muchas veces; tenía una superioridad incontestable, y podía presumir —y presumía— de que no había leído en su vida ningún libro. No veía la razón de hacerlo. Todo estaba en la vida. Incluso la filosofía de Estado; y él era un gran estadista.

Un día le preguntaron si iba a dar un cargo dejado por alguien (en un tiempo en el que todavía dimitían los políticos hasta por un sobreentendido o una palabra dicha con retintín en las Cortes) a otra persona; y contestó: «Se le dará, si hay medio de dárselo, y si no, no se le dará». ¡Admirable!

¿Y por qué, en vez de un Premio Cervantes, no hay un Premio Sagasta, quizás más acorde con los tiempos? Es sólo una propuesta; si pareciera mal, no he dicho nada.

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