Literatura
Por José Jiménez Lozano
Erasmo, como buen hombre de pluma, era, más bien, nada valeroso; aunque luego se dijera aquello de «las armas y las letras», o incluso si ciertamente ha habido hombres de letras de gran valor cívico: Unamuno, sin ir más lejos. Pero tampoco debe ponerse en un compromiso a los dedos de una mano para contarlos todos.
El hecho es que Erasmo, invitado a venir a España en un tiempo en que no podía hacerse idea de la gran cantidad de fervorosos lectores que tenía, dijo que no. Incluso si el emperador Carlos salía garante de su visita. Dijo: Non placet Hispania; esto es, «No me gusta España». Nunca había estado aquí, y no podía saberlo; pero sin duda tenía algunas informaciones más o menos fiables. Por lo pronto, no quería líos con frailes, que aquí eran muchos y estaban muy enconados contra él; ni tampoco le apetecía nada oír las voces ni los argumentos de Stúnica —en español Zúñiga—, bravo doctor, incluso si eso de discutir parece cosa de hombres de letras. ¿Seguro?
Sobre todo, tenía miedo de los judíos, de los que creía que España estaba llena. Y nunca había sido así, pero por esas fechas... ¡pobres judíos! Quizás fuese incluso su colitis lo que le determinó a no ponerse en camino. El caso es que no vino, y se quedó estudiando en su tranquila Basilea. Se perdió sus buenas jornadas de Corte y yantar —aunque entonces los hombres de letras no poseían muchos conocimientos ni experiencias gastronómicas— pero así guardó intacto su prestigio y su ideal figura entre los españoles, que lo necesitaban como para respirar.
«Le paradis est toujours ailleurs». El refrán es francés, pero la imprescindible práctica, española. Como para respirar, ya digo. Y nos va a hundir lo de la UE: habrá que poner el paraíso cada vez más lejos.