
Miércoles, 1 de julio de 1998 |
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Uno de los renovadores de la novela española
contemporánea desapareció prematuramente; sin embargo, nos dejó una obra narrativa de
la que este extenso pasaje (¡compuesto por una sola frase!) es sólo una muestra:
Hay ciudades tan descabaladas, tan faltas de
sustancia histórica, tan traídas y llevadas por gobernantes arbitrarios, tan
caprichosamente edificadas en desiertos, tan parcamente pobladas por una continuidad
aprehensible de familias, tan lejanas de un mar o de un río, tan ostentosas en el reparto
de su menguada pobreza, tan favorecidas por un cielo espléndido que hace olvidar casi
todos sus defectos, tan ingenuamente contentas de sí mismas al modo de las mozas
quinceñas, tan globalmente adquiridas para el prestigio de una dinastía, tan dotadas de
tesoros por otra parte que puedan ser olvidados los no realizados a su tiempo,
tan proyectadas sin pasión pero con concupiscencia hacia el futuro, tan desasidas de una
auténtica nobleza, tan pobladas de un pueblo achulapado, tan heroicas en ocasiones sin
que se sepa a ciencia cierta por qué sino de un modo elemental y físico como el del
campesino joven que de un salto cruza el río, tan embriagadas de sí mismas aunque en
verdad el licor de que están ahítas no tenga nada de embriagador, tan insospechadamente
en otro tiempo prepotentes sobre capitales extranjeras dotadas de dos catedrales y de
varias colegiatas mayores y de varios palacios encantados un palacio encantado al
menos para cada siglo, tan incapaces para hablar su idioma con la recta entonación
llana que le dan los pueblos situados hacia el norte a doscientos kilómetros de ella, tan
sorprendidas por la llegada de un oro que puede convertirse en piedra pero que tal vez se
convierta en carrozas y troncos de caballos con gualdrapas doradas sobre fondo negro, tan
carentes de una auténtica judería, tan llenas de hombres serios cuando son importantes y
simpáticos cuando no son importantes, tan vueltas de espalda a toda naturaleza por
lo menos hasta que en otro sitio se inventaron el tren eléctrico y la telesilla,
tan agitadas por tribunales eclesiásticos con relajación al brazo secular, tan poco
visitadas por individuos auténticos de raza nórdica, tan abundantes de torpes teólogos
y faltas de excelentes místicos, tan llenas de tonadilleras y de autores de comedias de
costumbres, de comedias de enredo, de comedias de capa y espada, de comedias de café, de
comedias de punto de honor, de comedias de linda tapada, de comedias de bajo coturno, de
comedias de salón francés, de comedias de café no de comedia dell'arte, tan
abufaradas de autobuses de dos pisos que echan humo cuanto más negro mejor sobre aceras
donde va la gente con gabardina los días de sol frío, que no tienen catedral.
¿Quién fue este escritor, cuál es el título
de la obra citada y a qué ciudad parece aludir? La primera persona que envíe una
respuesta acertada recibirá un premio del Instituto Cervantes.
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