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Miércoles, 1 de julio de 1998

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Literatura

«Pugnateros»

Por José Jiménez Lozano

Don Alejandro Dumas padre estuvo por aquí, en España, en 1846 —el mismo año que Gautier y por la misma razón de haber sido invitado a unas bodas reales—, y comió cocido a poco de entrar en tierra española, en Vitoria. Y un cocido un poco raro; esto es, no del todo ortodoxo, sino una de las variantes del cocido canónico.

Dice Dumas que componían ese cocido un cuarto de vaca, un trozo de carnero, un pollo, y trocitos de una especie de salchichón, «llamado chorizo», además de tocino, jamón, tomates y azafrán; todo lo cual le parecía excelente por separado, pero no todo envuelto; le resultaba una comida muy fuerte, y asegura que nunca se pudo acostumbrar a ella.

Pero ya es raro que, a propósito del cocido, no haga ni mención a los garbanzos. ¿Cómo podría haber un cocido, o una olla podrida, sin ellos? ¿Y cómo conocer España sin vérselas con esta legumbre y su nariz obstinada? El cocido, como todo el mundo sabe, es una especie de plato nacional y, durante siglos, comida diaria de los españoles de todas las clases sociales, incluso de las bienestantes; y los judíos, por ejemplo, tenían su cocido primigenio, sin carne ni tocino o embutido de cerdo, pero bien azafranado y buenas coles, y con garbanzos, naturalmente: «la adafina».

Gran parte de las ligerezas de Dumas al hablar de España se deben a no haber prestado la suficiente atención a esos garbanzos, y a no haberlos consumido con simpatía y en la cantidad debida. Y así anoto, por ejemplo, que a él y a otros franceses, en medio de grandes muestras de amistad, les llamaba «pugnateros», que el creyó un juicio admirativo.

¡Según, según, querido Dumas! Todo depende de la cantilena o entonación de la palabra, y este «oído» le dan los garbanzos. No hay otra manera.

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