CULTURA Y TRADICIONES
Por Marisa Freire
El libro más pequeño que se conocía en el mundo hace un siglo era una colección de textos sagrados de los brahmanes maharatos; de forma octogonal y encuadernado en seda, medía doce milímetros de largo y estaba escrito con tinta roja, amarilla y negra brillante. En el Diario Español de São Paulo, el sorprendido redactor-poeta de la noticia anotaba lo siguiente: «Más que libro, a causa de su delicada pequeñez, parece una mariposa».
Ese mismo día, el 30 de julio de 1912, se narraba en el diario paulista la heroica y triste historia de la joven obrera francesa Eugenia Dreyer, convaleciente de una conmoción cerebral tras haberse sometido a una operación de urgencia para injertar su carne sana en el cuerpo de un niño desconocido que había sufrido horribles quemaduras. El periódico daba cuenta de la concesión, por parte de los entusiasmados compatriotas de la mujer, de la medalla de tres mil francos; y cerraba con un lapidario y certero «No nos parece mucha esplendidez…».
Además, Julio Camba publicaba un artículo sobre los berlineses; en Madrid, ocho aficionados al toreo se subían a un tren en marcha, la gente creía que era un asalto, la Guardia Civil los detenía y ellos se escapaban; y, por último, asomaba una divertida crónica ficticia sobre las excelencias del alfabeto y un supuesto reo mudo al que, sin saber escribir, le bastaban las letras para responder a las preguntas del juez: ZBDO, KKO o A B CCC, por ejemplo.
Pero la noticia campechana de la jornada fue, sin discusión, el percance sufrido por la comitiva que acompañaba a la infanta Isabel de Borbón, la Chata, en su viaje aragonés:
Accidente
Madrid. Uno de los automóviles que acompañaban a la infanta Isabel, en un paseo que daba por Huesca, volcó, cogiendo debajo al gobernador civil de la provincia, al presidente de la Audiencia y al coronel de la guardia civil.
La infanta hizo parar al momento su carruaje y fue la primera persona que acudió a prestar socorro a los heridos.
Ese accidente causó gran impresión.
Sin embargo, se hicieron a la infanta calurosísimas manifestaciones de simpatía.
Parece que el pueblo madrileño quería mucho a Isabel de Borbón; tanto, que cuando se proclamó la República no la obligaron a exiliarse. Ella lo hizo, de todas formas, y murió en menos de diez días, poco antes de cumplir ochenta años. Para cuando se produce el accidente de coche en Huesca, a la Chata le faltan unos meses para llegar a los sesenta y uno, pero eso no le impide ser ella misma la primera en acudir al lugar del accidente. Ni el conductor, ni los lugareños, ni el médico con su botiquín, ni nadie: Isabel de Borbón, infanta de España y condesa de Girgenti, salvando la monarquía a fuerza de sencillez.
Sin duda el coche de los acompañantes de la infanta iba descubierto; de lo contrario, el vuelco no los habría situado debajo. Esto prueba que no se temían atentados contra el grupo; o, dicho de otro modo, que la procesión iba por fuera. Podría tratarse, también, de un carruaje abierto, aunque en principio parece poco probable: no se le da a un gobernador lo mismo que a una grande de España.
Por otra parte, del presunto (y acaso imprudente) conductor de este automóvil no se dice nada; podría haber saltado por la ventana —¿pero qué ventana?— con el tiempo justo para evitarse el revolcón, y quizá por eso no aparece en la noticia. Pero también podría ser que no hubiera otro conductor fuera del gobernador, el presidente o el coronel; en ese caso, el Diario español nos estaría evitando un dato comprometedor para alguno de los tres, que vete tú a saber dónde se sacaron el carné de conducir.
No se sabe qué pasó con los heridos; lo que está fuera de duda es que la infanta Isabel ayudó más que nadie a sacarlos de allí. En cuanto a las reacciones con motivo del percance, se entiende que los más altamente impresionados fueron los más calurosamente simpáticos con la Chata. El pueblo, en fin, que es el que comprende, siente y vota.