CULTURA Y TRADICIONES
Por Irene Cuervo
Del legendario Abundio se cuenta que, cuando iba a vendimiar, llevaba uvas de postre. Y que echó una carrera él solo y llegó el segundo. Y que vendió su coche para comprar gasolina. Y muchas cosas más, todas para denigrarlo. Se ha querido que fuera navarro y cordobés, mártir cristiano del siglo ix y campesino del xvii, capitán de fragata en Filipinas en 1898. Se dice que pretendía regar el campo orinando; que le dieron más de diez oportunidades de retractarse para evitar la condena y no lo hizo; que acometió al enemigo él solo, en vez de huir, y tuvo una muerte ridícula; etcétera. Valiente, fanfarrón, kantiano ante el deber o ante el destino: para la historia, simplista y cruel, Abundio es tonto y basta.
No son pocos los personajes históricos o apócrifos que se toman como modelo de virtudes o, más bien, de desgracias y defectos en comparaciones imposibles. A uno le dicen, entonces, que es más feo que Picio; y ya puede investigar y decidir si se cree lo que se dice por ahí del aludido, pero sin duda puede estar seguro de que su fama era por algo. En ocasiones hay suerte: algunos de estos enunciados son modernos y fácilmente identificables —tener más cuento que Calleja, pongamos—; otras veces, la solución la ofrece hasta el mismísimo DRAE:
Lepe.
saber más que ~, o que ~, Lepijo y su hijo.
1. (Por alus. a don Pedro de Lepe, obispo de Calahorra y la Calzada durante el siglo xv, y autor de un libro titulado Catecismo católico). locs. verbs. Ser muy perspicaz y advertido.
Este último ejemplo es revelador. No por los chistes de Lepe, que también —¿no es curioso y apasionante que en español exista la expresión saber más que Lepe y a la vez haya en España miles de chistes donde el motivo de burla es el lugareño de un pueblo llamado precisamente Lepe?—, sino por la continuación del dicho. Por la rima, vamos: por Lepijo y por su hijo. Porque buena parte de estas comparaciones que usamos cada día se han agenciado un sujeto por lo bien que suena y nada más. Y así alguien es más bobo que Jacobo, o más listo que el tío Calixto, o está más pedo que Alfredo (o más borracho que Nacho y más ciego que Diego, buenas personas que pasaban por ahí y que a menudo se incluyen en la comparación por el mero placer de engrandecerla). ¿Dónde va Vicente? Donde va la gente. ¿Y qué sabemos nosotros, pobres humanos, de la dura vida interior de los anélidos o las plantas? Nada, pero ello no nos impide estar más a gusto que un arbusto o más feliz que una lombriz. La rima lo justifica: hágase la comparación.
Pasamos a un nivel superior cuando reinventamos o adaptamos algunos de estos dichos —¿o acaso hay poligénesis?— en función de nuestros usos idiomáticos. Así, una persona puede ser más tonta que Pichote a secas, pero a menudo la frase se completará de modo gráfico, rimado y soez mediante una glosa: la que especifica lo que inexplicablemente se rompió o partió el pobre Pichote un día que se cayó de espaldas. Pues bien: igual de documentada, y de la misma manera lírica y grosera, está la anécdota con un protagonista llamado Clavijo; y ya sin rimas y volviendo al comienzo, una versión mucho más inocente sostiene que Abundio, sí, el de siempre, era tan tonto que se cayó de espaldas y se rompió la nariz.
Hay en la lengua y en la tradición individuos tan fabulosos como Abundio, pero mucho más versátiles, que valen por la humanidad entera. De todos ellos, me atrevo a destacar a uno: el enigmático y desventurado Carracuca. Un vistazo al CORDE nos revela que en Miguel Delibes Carracuca es tonto, en Felipe Trigo es feo, en Ricardo Palma es pobre, en Max Aub está muy visto y en Eugenio Noel es malo.
¿Pero qué significado tiene hoy Carracuca?
La solución, en el próximo rinconete.