PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
Recorremos los pueblos de la península ibérica, salpicados de testigos de la historia a cada paso, y admiramos lo que han sabido conservar. En primera instancia, la arquitectura, la más visible y espectacular de las artes plásticas. Suerte tiene quien, amante del románico, se pierde casi por cualquier lugar de Castilla y León, Cataluña, Cantabria, Galicia, Asturias, etc. Quizá no haya casi gente en muchas de esas localidades, pero sí le esperará la pequeña iglesia, la humilde ermita, para que el voyeur estético devore canecillos, capiteles, chambranas, aparejos diversos, soluciones más o menos canónicas o creativas, portadas… Un lujo, no apto para quienes padezcan el síndrome de Stendhal. Si hay más suerte y se encuentra a alguien que abra la portada de tales construcciones, una constelación de objetos (bienes muebles en el argot) de variadas cronologías pondrá en aviso al visitante de que un edificio, al fin y al cabo, también es un objeto vivo…
Pero, ¿y la música que sonó en ellos? ¿Puede recuperarse la sonoridad, concepto que excede al del propio canto que sonara? Recuerdo la suerte que tuve una tórrida tarde de julio de hace pocos años en Freixo de Espada à Cinta (Trás-os-Montes, Portugal) localidad rayana, es decir, en la frontera con España. Entré hacia las cuatro de la tarde en la iglesia parroquial de São Miguel, de origen románico por cierto, más por defenderme del calor que por otro afán, tan fuerte pegaba, y coincidió mi entrada con el rezo del Rosario que lideraban las mujeres que estaban devota e hipnóticamente afanadas en su tarea. Al poco de entrar tuve la inmensa suerte de escuchar el canto del Salve Rainha, heterofónico, que me emocionó, y remitía a unos procedimientos de embellecimiento coral que arrancan de lejanos tiempos y se han mantenido vivos, de un modo u otro, mal que bien, bien que mal, en la memoria y modo de cantar de los coros populares. Tras los correspondientes avemarías murmullados, otra vez la melopea del Salve volvía a sonar. Escuché el resto del Rosario, hasta que se acabó el rezo… y la música con él.
Traigo aquí a colación el «descubrimiento» también reciente de una práctica de canto mantenida igualmente por la tradición, en un pueblo zamorano, Andavías, sito en la Tierra del Pan, en el centro de la provincia. Tal canto, protagonizado por los varones adultos, se escuchaba en su parroquia en las grandes celebraciones. Los investigadores afirman que, si bien no puede probarse la antigüedad de este modo de cantar, sí conserva indicios que lo pueden vincular con antiguos cantos litúrgicos desaparecidos hace muchos siglos de la península ibérica, como el llamado canto mozárabe (canto de la liturgia hispano-visigoda). Un disco, profusamente anotado, registró este relicto: Misa Solemne. Andavías (Zamora) (SAGA, 2004). Esa misma fascinación por la música de transmisión oral ya la experimentaron otros investigadores e intérpretes, especialistas en música medieval. Quiero recordar, porque de románico hablamos, la escalofriante interpretación de las Cantigas de Amigo de Martin Codax que en su día hiciera la cantante balcánica Mara Kiek con el grupo Synfonie, o la referencial y monumental obra discográfica del Ensemble Organum, dirigidos por Marcel Pérès, nombre imprescindible en esta tarea, y que marca un antes y un después en el entendimiento y recreación de la música antigua (y ojo a Graindelavoix, joven grupo belga dirigido por Björn Schmelzer, que va siguiendo los pasos).
Los románticos, si querían ambientar musicalmente las escenas medievalizantes que describían, recurrían indefectiblemente al canto gregoriano. A lo sumo, si el contexto era profano, a los juglares, que confusamente tañían lira, cítara o arpa, como si el instrumento fuera el mismo. El gregoriano ha sido música medieval, pero no la música medieval, porque sin interrupción y hasta el día de hoy se ha interpretado en monasterios y catedrales… y ha sobrevivido en singulares cantos de modestas iglesias parroquiales en contextos solemnes. Que se lo pregunten si no a los habitantes de Andavías. Ya que la etérea sonoridad se consume con su ejecución, no tiene materialidad, no podemos técnicamente «restaurarla», pero sí recrearla. Y los soportes capaces de almacenar sonido nos permiten su disfrute. Ahí está este ejemplo, en disco, del pueblo zamorano, de cuya parroquia actual, por cierto, escribió el párroco don Ramón Flores a finales del siglo xviii «en el año de 92 comencé yo a mi cos[ta] otra en medio del pueblo, y se dedicó en 28 de junio de 1793 al señor San Miguel, que era el titular de la antigua» (BN Mss. 20263/70, f. 1r). A buen seguro que esa Misa solemne se cantaba ya, y, al contrario que al anterior edificio parroquial, escapó a la purga del gusto neoclásico.