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Martes, 17 de julio de 2012

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Ultraísmo, ultraísta (2)

Por Pedro Álvarez de Miranda

Una vez examinada la trayectoria política de la palabra que nos ocupa, podemos abordar su segundo nacimiento en el siglo xx —como si de un neologismo absoluto se tratara—, re-nacimiento que se produjo en el ámbito de la vida literaria. En más de una ocasión Guillermo de Torre reclamó para sí la paternidad de la palabra ultraísmo, reconociendo al mismo tiempo que había sido Cansinos Assens el principal responsable de su difusión. En la Historia de las literaturas de vanguardia (1965) escribiría:

Ultraísmo era sencillamente uno de los muchos neologismos que yo esparcía a voleo en mis escritos de adolescente. Cansinos-Assens se fijó en él, acertó a aislarlo, a darle relieve.

Y más adelante:

Quizá en aquellas reuniones [las de la tertulia de Cansinos] —yo no era asiduo— comenzó a cundir la voz ultraísmo. El hecho es que Cansinos-Assens se posesionó del término.

En sus mucho más tempranas Literaturas europeas de vanguardia (1925) Torre había reclamado la misma precedencia y paternidad, aunque de manera indirecta y, como enseguida veremos, un tanto tramposa. Rechazando que pudiera tomarse por «egolatrismo» lo que era solo «un afán de precisión y justeza», escribe:

Habiendo ocupado indistintamente el proscenio de actor y las gradas de espectador crítico en el espectáculo ultraísta, no puedo amputar ahora una personalidad en mengua de la otra. Por ello, al fijar netamente los orígenes del Ultraísmo, y especialmente de este rótulo, de esta palabra-emblema, séame permitido transcribir unas líneas de Joaquín de la Escosura en un estudio monográfico bajo mi nombre (Revista Cervantes, octubre 1920, página 90): «G. de T. fue el primero que intuyó y anunció el Ultraísmo. Esta palabra fue extraída precisamente del haz de sus neologismos por Cansinos-Assens en un artículo de La Correspondencia de España, 1917, donde señalaba la aparición del primero, sugiriendo la serie de posibilidades renovadoras que entrañaba este vocablo y su concepto, que, repetimos, fue lanzado antes que por ningún otro por G. de T., aunque luego ampliase su sentido y adquiriese consistencia al formarse el grupo ultraísta en 1919».

Sorprendentemente, esta cita entrecomillada de Joaquín de la Escosura es, en su literalidad, un puro invento de Guillermo de Torre. Es cierto que Escosura le había dedicado un artículo, muy encomiástico, en el número de octubre de 1920 de la revista Cervantes (se titula «Galería crítica de poetas del Ultra. Guillermo de Torre»; de ahí lo de «bajo mi nombre»), y es cierto que en su página 90 se hablaba más o menos de eso mismo. Pero, insisto, no en esos términos, y sin presentar expresamente a Torre como forjador del nuevo vocablo. Lo que en el lugar dicho había escrito Escosura era tan solo que el jovencísimo escritor —había nacido en 1900— «fue el primer intuitivo ultraísta, y como tal lo reconoció Cansinos-Assens».

Por otro lado, Jorge Luis Borges, gran admirador de Cansinos (amén de cuñado de Torre), señaló en más de una ocasión sin titubeos al escritor sevillano como inventor de la palabra ultraísmo.

¿Dónde está lo cierto? La anómala artimaña de Torre en 1925 (la cita falsa) y la seguridad con que Borges asigna a Cansinos la paternidad del neologismo me llevaron a dudar de la veracidad de las palabras del primero. Podemos, sin embargo, afirmar que en lo esencial son ciertas, y que las cosas ocurrieron como las relata Guillermo de Torre: él fue el inventor y Cansinos el inmediato propagador de la novedad léxica.

Ahora bien, lo que acabamos de afirmar es válido, más concreta y exactamente, para el adjetivo (o sustantivo) ultraísta, con el que, innecesario es decirlo, quedaba abierto el camino para el correspondiente derivado en -ismo, que, en efecto, vendría poco después.

No podemos, desde luego, apresar documentaciones «orales» de un vocablo, ni, trasladándonos a la tertulia de Cansinos en el café Colonial, escuchar lo que allí se decía. Pero afortunadamente disponemos de las cartas —lo más parecido a una conversación que al filólogo le es dado manejar—, y creo poder afirmar que en una misiva de Torre a Cansinos del 13 de enero de 1917 —el epistolario entre ambos lo ha publicado Carlos García— estamos asistiendo al nacimiento de la palabra:

He apercibido […] con dolor diáfano que entre la enumeración de los aparecidos en el extinguido año, aun los de «inquietud todavía no escrita», se acuerda usted del insinuante Jaime Ibarra y del hampón Javier Bóveda, y se olvida usted del buen chico, con ímpetus de ultraísta, Guillermo de Torre...

(Torre, refiriéndose a sí mismo en tercera persona, está aludiendo a un artículo de Cansinos aparecido el 31 de diciembre de 1916 en La Correspondencia de España y titulado «La labor del año [1916]», en el que, en efecto, sin acordarse del joven Guillermo, mencionaba a otros varios «nuevos poetas», y añadía que «aun un poeta enteramente nuevo, que aún no ha publicado ningún libro, Javier Bóveda, nos trae su inquietud aún no escrita». Bien es verdad que en otro anterior del mismo periódico, aparecido el 26 de noviembre y aludido por Escosura en el suyo de Cervantes, sí había mencionado Cansinos a Torre entre los integrantes de la «generación novísima», presentándolo como un «epígono de Gómez de la Serna». Pero nada más. Ni se reconocía ahí en el joven al «primer intuitivo ultraísta», como podría deducirse de lo efectivamente dicho por Escosura, ni la nueva palabra aparecía aún.)

Más importante: en la citada carta del 13 de enero de 1917 Torre incluye una nota tras la palabra ultraísta, nota que reza así:

Ultraísta: Cantor del más allá de la realidad: así quiero que se interprete y resuene la palabra, desde ahora, en todos los ámbitos de la intelectualidad.

Si acaso podría resultar algo excesivo decir que Cansinos se «posesionó» del nuevo término, sí es cierto que le «dio relieve», pues algo más de un mes después ya lo emplea —y aparece por vez primera en letras de molde— en un artículo de La Correspondencia de España (18 de febrero de 1917) dedicado a Enrique de Mesa. Nada tenía este que ver con los ultraístas, mas, precisamente por eso, Cansinos contrapone la tendencia «castellanista» de Mesa con otra tendencia que califica de «centrífuga»:

La tendencia centrífuga, cada vez más alejada de la tradición, alcanza sus más lejanas sumidades en los ultraístas, a cuya cabeza está, único y fuerte, ante una legión de epígonos aún obscuros, Gómez de la Serna. Los ultraístas, como lo indica el neologismo de que se sirven para nombrarse, representan verdaderamente la última palabra en literatura.

Dos días después, el 20 de febrero, Torre felicita a Cansinos por esta referencia suya a los ultraístas («¡Bravo por su alusión a los ultraístas “annobscuros”!», leemos en la transcripción de Carlos García; nótese que el texto del artículo rezaba «epígonos aún obscuros»), el 16 de junio el joven se proclama en otra carta «el primer ultraísta» y en otra más (2 de julio) alude a los «anhelos del más allá de la literatura ultraísta —¡no desampare esta palabra!—».

En otra colaboración de La Correspondencia de España, del 30 de julio de 1917, dirá Cansinos del poeta gallego Primitivo Rodríguez Sanjurjo que es «un ultraísta, un barroco de más allá del 1917», frase en la que vemos otra interpretación ligeramente distinta (quiero decir: distinta de la que Torre había querido asentar) del valor que como elemento léxico tenía ultra. El ultraísta, en definitiva, y esto era lo esencial, tenía que ir más allá; más allá no se sabe muy bien de qué: de la realidad, del momento histórico, de la literatura hasta entonces producida. Por añadidura, cierta tendencia al empacho léxico lleva a Cansinos a hacer en ese mismo texto un extraño juego de palabras entre ultraísta y altruista.

El sustantivo ultraísmo vendrá a continuación, de nuevo en artículos de Cansinos que aparecen en La Corres (como se llama a aquel periódico en Luces de bohemia) el 19 de enero y el 23 de febrero de 1918, y que versan, respectivamente, sobre Bacarisse y Gómez de la Serna. En Bacarisse, escribe el crítico, «hallan, al fin, su vinculación oportuna esas libres tendencias titánicas que, con los nombres de barroquismo, ultraísmo y futurismo, han ido escalando sordamente, desde 1907, el parnaso de belleza erigido por el romanticismo exaltado de los novecentistas», y la palabra ocurre otras dos veces más en el mismo artículo. De alguna obra de Ramón, por su parte, dirá en el otro que «adquiere un ultraísmo insospechado». Finalmente, en el número del último día del año 1918, cerrando una serie de entregas titulada «Perspectivas» y dedicada a la nueva lírica, Cansinos sostendrá en el mismo periódico que la aspiración general de todos los nuevos grupos «es la de ser modernos, la de crear un arte nuevo, que vaya más allá de todo lo conocido»; que, por tanto, «la palabra que unánimemente les conviene, aunque no la adopten, es la de ultra»; y que «diversidad y ultraísmo son, en suma, las características de este movimiento». El nuevo ismo, aunque difuminado por heteróclito, ya está lanzado, anticipándose a los manifiestos. Entre medias, Cansinos, lejos de «desamparar» la nueva familia léxica, ha seguido enriqueciéndola, pues en una breve misiva del 19 de julio de 1918 le espeta a «Guillermito»: «veo que sigue usted ultraizando…». En el número del 15 de diciembre de ese mismo año de la revista sevillana Grecia ha publicado una primera entrega de «Poemas del Ultra», y en la famosa entrevista que por entonces le hace Xavier Bóveda para El Parlamentario se enarbola el lema «Ultra» como grito de guerra contra todo lo viejo. De ese lema —no de sus derivados— dirá Cansinos en La novela de un literato que fue «propuesto» por él.

Borges afirmó rotundamente (en Borges el memorioso) que «la palabra ultraísmo la inventó Rafael Cansinos-Assens». Si nos atenemos a ese preciso sustantivo, y con ese sufijo, los testimonios textuales aducidos no lo desmienten, pues de Cansinos es el primer texto en que lo encontramos (enero de 1918). Pero es ya incontestable, creo, que fue Guillermo de Torre quien inventó ultraísta (enero de 1917) y que, inventada esta palabra, la otra allait de soi. Bien pudo salir también ultraísmo de la boca del impetuoso joven antes que de ninguna otra, pero, puesto que para tiempos pretéritos las documentaciones ‘orales’ son prácticamente un imposible metafísico, nos quedaremos sin saberlo. Al filólogo, escrutador de los textos, no puede pedírsele más.

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