CULTURA Y TRADICIONES
Por Marisa Freire
A mediados de 1912, un minero centroeuropeo observó que «en Silesia, como en todas partes, el número de tontos es casi tan infinito como el de números primos, y decidió hacerse profeta». La información llegaba al Diario Español de São Paulo el día 5 de julio, acompañada de otras sobre un violento incendio en San Petersburgo, una rebelión de carácter religioso en Cuba, un serio conflicto entre radicales y carlistas en una sociedad coral barcelonesa durante un viaje a Sabadell o la enésima orgía de que se tenía noticia en París.
Para entonces, la madre de los famosos hermanos McNamara, que habían dinamitado el edificio de Los Angeles Times en octubre de 1910, se encontraba «moribunda a causa de los disgustos que le causó la conducta de sus hijos». Por lo demás, se oían torpedos en los Dardanelos; y en el norte de España había quebrado, ay, el desdichado banquero Mateu Viñas.
Un periódico para los inmigrantes, el Diario Español, publicaba ese día dos noticias tristes para los inmigrantes. La primera era destructiva y brutal: las autoridades argentinas recomendaban que se desviara la emigración de asiáticos, «por haberse probado que no son útiles como elemento inmigratorio para el país, pues que no se adaptan al trabajo y a las costumbres argentinas».
La segunda, lírica, local y ejemplarizante, era más un cuento que un informe. Lo protagonizaba una emigrante gallega:
El abuso de la cocaína
Cecilia Faria, de 18 años, natural de Pontevedra, casada, devorciose de su marido.
Vivían en Petrópolis, con una hija, que quedó en poder del padre.
Cecilia se vino a esta ciudad, hospedándose en el «Hotel dos Estrangeiros».
Llevaba una vida fácil, que era entristecida por el recuerdo de su hija.
Para disipar su estado de ánimo, se dedicó a beber cocaína.
Anteayer ingirió cuatro frascos de ese medicamento, y el abuso le produjo la muerte.
El cadáver se hallaba en la cama, en paños menores.
A su lado se encontró el retrato de su hija.
Muy poco se puede añadir al relato de los hechos; al redactor cabría pedirle, si acaso, un poco más de sobriedad y un poco menos de dramatismo, pero sin duda no más concisión ni más fuerza. Observen, en estos ocho párrafos de una línea, el sutil e implacable desarrollo de la acción: de Pontevedra a Petrópolis y de Petrópolis a São Paulo, extranjera hasta para buscar albergue, la joven Cecilia Faria se consume, como la señora McNamara, de puro disgusto maternal. Reparen en las menciones a la criatura en esos tres lugares estratégicos: líneas segunda, cuarta y octava, la última vez con retrato y todo. Fíjense en el dato, gratuito a más no poder, de la vestimenta del cadáver; pero también en la férrea determinación del verbo pronominal se dedicó a, y en esa evocadora y desgraciada vida fácil, como de artista o heredera.
Tras una lectura más cuidadosa, surgen al menos otras tres cuestiones. Dos afectan al contenido de la noticia y son de índole práctica; la última afecta a lo puramente lingüístico.
Primera: puesto que el divorcio no estaba permitido en España en 1912, parece claro que el matrimonio de Cecilia se había efectuado fuera de su país natal, probablemente con un brasileño, y estaba sujeto a leyes no españolas. ¿Quiere alertar el Diario Español, a través de esta noticia truculenta, del abuso de la cocaína, o más bien del abuso del divorcio?
Segunda: parece que la joven tomaba la sal de hidroclorato disuelta en agua. Nada que objetar. Tampoco hay por qué suponer que exista relación alguna entre la noticia y la Coca-Cola, pero la Wikipedia nos dice —y con la Wikipedia no se juega— que la chispa de la vida llegó a tener, a primeros del xx, nueve miligramos de coca por vaso. ¿Qué hacemos con eso?
Tercera y última cuestión, puramente lingüística: ese pronombre enclítico de la primera línea en devorciose tiene el aroma de un quiebro literario arcaizante, sí; pero… ¿no sería más hermoso interpretarlo como reflejo de un rasgo dialectal que, por empatía con la joven, como homenaje hacia su patria chica, nos cuela el redactor, acaso otro emigrado?