PATRIMONIO HISTÓRICO
Por José Miguel Lorenzo Arribas
Había una vez un barquito chiquitito (bis)
que no podía, que no sabía,
que no sabía navegar…
Así reza la canción infantil. Y de embarcaciones pequeñas toca hablar hoy, de barquitos varados de unos cuantos centímetros de eslora, e inmóviles a pesar de que algunos despliegan velas. De aquellos bajeles que se llevan inscribiendo en muros y piedras desde que la navegación existe, que debe ser decir desde hace mucho tiempo.
Hay embarcaciones rasguñadas en prácticamente todas las zonas costeras del mundo, sea cual sea el mar que atisben, constituyendo un verdadero topos. Garabatear un barco entraba en el currículo de cualquier grafitero que se preciara si había nacido frente al mar, como hoy el poligonero estampa tags o throw ups. Libros enteros han recogido, por ejemplo, los barcos medievales grafiteados en las iglesias de Pisa y Lucca, o los de la costa turca de Alanya. En España ha despertado atención monográfica la numerosa iconografía náutica de la Baleares medieval y moderna (Els vaixells de pedra. L'arquitectura nàutica balear a través dels grafits murals, segles xiv-xviii), aunque es sabido que las pinturas rupestres ya recogen numerosos ejemplos prefenicios (pueblo al que suele atribuírsele la paternidad de casi todo mérito naval hispano) de embarcaciones de tipo diverso en distintos yacimientos de la zona del estrecho de Gibraltar.
Dejamos para solaz del curioso, y posible estudio de interesados, un bello ejemplo siciliano visible en los muros del castillo de Noto Antica, abandonado, como toda la población, tras un terremoto ocurrido en 1693. Quedaban atrás los tiempos en que tanta gente insigne había en la ciudad que Fernando el Católico la honró con el título de Ingegnosissima en 1503. Quizá muchos de los variados grafitos atribuidos a los presos que en algún tiempo habitaron tal espacio procedan de esta época. Se puede juzgar gracias a algunas buenas fotografías difundidas por Internet. El grafito que ofrecemos se encuentra inciso en un sillar esquinero, y representa una gran embarcación.
Ajustado al sillar, en este navío inciso, que recuerda a un dromón bizantino, se agita una bandera rematando el palo mayor. Otra mayor se sitúa en la parte trasera, enclavada en un desarrollado castillo de popa rematado por una gran cruz del tipo de la de Malta. Ondean ambas, cuarteladas, en la dirección del viento. Un palo gigante, oblicuo al mayor, parece tener recogida la vela. Del correspondiente castillo de proa pende un visible palo de bauprés, adonde se anudan los estayes del trinquete. El bajel se movía con al menos cuarenta y dos remeros, porque por la parte de babor, que es la que se ve, asoma la mitad de remos, habiendo de presuponer simetría. ¡Ay de esos esforzados marinos que, por debajo de la quilla, tenían a su cargo la responsabilidad de hacer que el ingenio fuera más rápido, apoyando la labor del velamen! Dura tarea, forzada seguramente, y para salir de dudas se aprecia al cómitre aplicado al látigo, rítmico y amenazador, sobre el castillo de popa. Es el único ser humano advertible, aunque otro personaje, a modo de ángel, parece querer entregar algo, sobrevolando la embarcación desde la parte trasera. Si en la parte trasera, lo que parece ser un larguísimo timón sumergido salva una de las fracturas del sillar, el bauprés de la delantera, finalmente, se dirige hacia un enorme sol, antropomorfo, inciso con línea muy fina, quizá en momento distinto, solo perceptible al ampliar la fotografía. ¿Dirigía el timonel el barco al Oriente?
Este no es el barquito de la canción que no sabía navegar. Es chiquitito en su imagen grafiteada, pero representa un gran bajel, que del natural hubo de copiarlo el hábil artista que dejó constancia en piedra de su destreza. Varado está, pero navegando siempre, y su materialidad sin alma es la que habita el abandonado enclave.