LENGUA
Por Pedro Álvarez de Miranda
La lectura de un excelente libro recién publicado, Las cosas se han roto. Antología de la poesía ultraísta, a cargo de Juan Manuel Bonet, me ha llevado a interesarme por la aparición en español de las palabras ultraísta y ultraísmo, que pertenecerían al reducido grupo de vocablos (véase una entrega anterior de esta misma sección, «Onomaturgia») que tienen fecha precisa de nacimiento y progenitor conocido. El ultraísmo hispano es, además, uno de los escasos ismos autóctonos, y no importados, que poblaron el efervescente mundo de las vanguardias artísticas. Según el diccionario de la Academia, la palabra designa el «movimiento artístico, principalmente poético, de vanguardia surgido en 1918 y que durante algunos años agrupó a los artistas españoles e hispanoamericanos que coincidían en sentir la urgencia de una renovación radical del espíritu y la técnica». Bonet lo caracteriza adecuadamente como un cóctel cuyos principales ingredientes fueron el creacionismo huidobriano, la poesía cubista francesa, el futurismo y las «palabras en libertad» marinettianas, el expresionismo alemán, Dada y, por supuesto, el «ramonismo». Claro que, sorprendentemente, Gómez de la Serna no lo incluyó en el panorama de sus Ismos (1931), aunque sí lo menciona en él de pasada.
Pero antes de ocuparnos de lo que hacia finales de la segunda década del pasado siglo surgió como novedad literaria, hemos de atender a una marginal, pero curiosa, prehistoria del término ultraísmo, voz que ya se había empleado antes —y se seguiría usando después—, aunque muy poco, en el ámbito de la política.
En esta acepción primitiva ultraísmo nos vino, como tantas otras cosas, de Francia. El Trésor de la langue française nos informa de que en la lengua del país vecino ultra vale ‘(el) que profesa opiniones extremas en el campo político’; viene a ser, por tanto, sinónimo de extrémiste, y aplicable, como este, a cualquiera de los opuestos polos del espectro político. Así, y siempre según el TLF, en tiempos de la Revolución el ultra fue el «révolutionnaire extrémiste», mientras que en los de la Restauración la palabra designó al «partisan intransigeant de la monarchie absolue»; fue, sin embargo, dominante la tendencia a identificarla con la derecha, pues otra de sus acepciones es, según el mismo diccionario, «qui défend des idées conservatrices, s’oppose à toute évolution». En nuestra lengua el panorama que muestra el impagable Diccionario del español actual dirigido por Manuel Seco es muy similar, pues en él figura ultra con las acepciones, todas ellas convenientemente documentadas, «ultraderechista», «de ideas sumamente conservadoras en religión» y «extremista».
Existiendo en francés ultra como palabra del lenguaje político, era previsible que generara algún derivado, y así ocurrió. El TLF nos informa de la aparición, a principios del siglo xix, de ultracisme y de ultraïsme, ambos como «attitude politique, idéologique extrémiste», y para el segundo de esos vocablos nos ofrece, como más temprano, este texto de Stendhal, de 1817: «Tout le monde comprend ici [en Bolonia] que le cardinal Consalvi sera remplacé par un ultraïsme furibond».
Varios diccionarios franceses del xix recogieron ultraïsme, y en España un lexicógrafo muy atento a la lexicografía de allende los Pirineos los imitó. Me refiero a Ramón Joaquín Domínguez, que en su Diccionario nacional consigna: «Ultraísmo: s. m. Exageración en las opiniones políticas» (1847).
La palabra, sin embargo, se usó y se ha usado muy poco, en español, dentro del ámbito político. Un militar y agente colombiano, Leandro Palacio, en un despacho de 1829 dirigido a Bolívar y escrito significativamente desde París, explica que ciertas gestiones se han paralizado por «el cambio repentino de Ministerio, compuesto ahora de miembros de un ultraísmo exaltado». Un periodista del republicano El País podrá referirse, casi un siglo después, a «el ultraísmo de los conservadores» (2 de septiembre de 1910). El Diccionario del español actual nos brinda un texto de Antonio Buero Vallejo (1976) en que lamenta que España haya reaccionado a la falta de la libertad «creando ultraísmos, que son perjudiciales para la totalidad del cuerpo social». Y, en fin, el Corpus de Referencia del Español Actual nos suministra un pasaje en que Xavier Domingo alude al «ultraísmo pujolista del Avui» (El Mundo, 27 de diciembre de 1995). La cosecha parece nutrida, pero no lo es, y esos ejemplos se producen con prolongadas intermitencias. Dado que existe ultra, se entiende, desde luego, ultraísmo cuando ocurre en un contexto político, pero cabe afirmar que no estamos ante un vocablo de uso común en ese sentido (el de ‘tendencia extremista’).
También se usó algo en español, y también por mimetismo del francés, el morfológicamente un tanto anómalo ultracismo, datable ya en tiempos del Trienio Liberal. «El ultracismo en Francia —leemos en El Universal del 15 de agosto de 1821— está empeñado en que en España haya guerra civil».