Centro Virtual Cervantes

Rinconete > Patrimonio histórico
Jueves, 28 de julio de 2011

Rinconete

Buscar en Rinconete

PATRIMONIO HISTÓRICO

Románico romántico (16). Érase una vez un pueblo llamado Pedro…

Por José Miguel Lorenzo Arribas

«A un río le llaman Carlos», decía Dámaso Alonso en un conocido poema (1954), y a un pueblo con seis habitantes en invierno, lo llaman Pedro, informo yo. El poeta madrileño se refería al Charles River de Massachussets, y estas líneas se dedican a Pedro, Soria. Muchos pueblos peninsulares llevan Pedro en su nombre (Pedro Bernardo, San Pedro de…), pero sorprende de éste que vaya sin apellidos, Pedro a secas. No se sabe cuál es la razón etimológica que bautizó a esta bella localidad con antropónimo tan común, pero sí que no es de hoy, pues Pedro se cita como tal ya en el siglo xii. Cercano al yacimiento de Tiermes, ciudad celtíbera, romana (Termancia), visigoda y medieval, no le falta ningún encanto natural, a la falda de la sierra de Grado, encajado en un valle de arenisca roja, rojísima, y al pie del nacedero del río que lleva homónimo nombre, Pedro, pues. Pero también tiene encantos histórico-artísticos. Su arquitectura popular, su parroquia del siglo xvi, y sobre todo, la humilde ermita de la Virgen del Val, sobre la que el Proyecto Cultural Soria Románica, a cuya web me remito, ha concluido una intervención integral. Más allá de que se confirme el origen románico de esta ermita mariana (antes se pensaba que fuera visigoda por unos sillares incrustados que efectivamente lo son), más allá del saneamiento general, de la recuperación de revocos, de las intervenciones arqueológicas en el subsuelo y en la cubierta de la cabecera, lo que ha hecho Soria Románica es recuperar una atmósfera, un algo inmaterial. Ya comenté en otro rinconete cómo debemos buscar menos luz para ver más, y esto es precisamente lo que aquí se ha logrado, con una sutil virguería.

Me explico. Hace poco tuve la rara suerte de escuchar un clavicordio y un clave en un concierto con repertorio de Cabezón, de cuyo nacimiento en 2010 se cumplieron quinientos años. Al contrario que el parecido clavicémbalo (clavecín, o clave a secas), con su potente sonoridad que le da el sistema de cuerda pinzada y la caja de resonancia en que se convierte el gran mueble que lo acoge, el chiquito clavicordio suena por un sistema de cuerda percutida, y su pequeño tamaño hace que apenas tenga resonancia. Por su sencillez, era un instrumento relativamente accesible, propio para tañerlo en una alcoba, o como instrumento de estudio donde se ensayaba lo que luego se tañería al órgano, que necesitaba de alguien que accionase fuelles para tañerlo y era un engorro. Pues bien, sonó en la sala primero un potente clave, copia de uno flamenco del siglo xvii como un verdadero cañonazo. Después, cuando comenzó, con el mismo repertorio, a tañer el clavicordio, parecía que no se oía nada. Toda la audiencia, muy respetuosa desde el principio de la sesión, se sumergió en un silencio aún más unánime, intentando cada cual en su estatismo monopolizar en su oído el poco sonido que de ahí salía. Otros estiraban el pescuezo para ver al tañedor, en un intento sinestésico de oír por los ojos. Al poco rato, a la segunda pieza, el clavicordio se oía estupendamente. Sonaba igual, con el mismo volumen que al principio, pero nuestro oído se había hecho a ese discreto caudal sonoro, a su caudal. Luego, otra vez el clave altivo, y pareció que se había roto cierta magia.

Pues bien, todo esto, para decir que en la minúscula ermita de Pedro se ha conseguido lo mismo con la percepción de la luz. Antes no tenía luz eléctrica, y ahora se ha instalado… pero no esa luz que inunda todo, la que nos ciega, la que baña por igual esto y aquello. No. Una muy tenue, dispuesta en varios focos enrasados en el suelo de cal, resalta la textura del revoco de los vetustos muros, subraya su irregularidad. No hay luces cenitales. El resto, la que entra por la puerta, si se deja abierta, o por una ventana que se abrió precisamente para iluminar naturalmente el retablito mayor que tapó la única aspillera románica abierta en el ábside.

Ahora, la contemplación del interior de la ermita nos permite, si no queremos «dar la luz», aprovecharnos de la natural incidiendo desigualmente en cada espacio de sus muros, pero también, si la damos (cuando ya no entra de fuera), continuar en esa penumbra que conformó los interiores medievales… hasta que nos acostumbramos, tras un tiempo prudencial, a ver lo que hay que ver y como hay que verlo. La novedad es que se ha introducido luz en una ermita restaurada, y ésta no deslumbra. La novedad es que se ha restaurado (se ha respetado) una sensación, una atmósfera. Parece que no se ha hecho nada, y ése es el orgullo que ha de tener el arquitecto restaurador, que pase desapercibido, que ceda su protagonismo a la honestidad del propio inmueble, y no a su obra.

Érase una vez un pueblo llamado Pedro…

Ver todos los artículos de «Románico romántico»

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es