ARTE / Claroscuro
Por Mónica Ann Walker Vadillo
Joaquín Sorolla y Bastida se puede considerar como uno de los pintores españoles más celebrados de finales del siglo xix y principios del xx. Pintor realista que destacó en pintura de historia, paisajes y retratos, Sorolla era oriundo de Valencia y, si bien su carrera artística le llevó a recorrer parte de España y Europa, su tierra natal, y su añoranza, fueron una gran fuente de inspiración para sus obras. En una entrevista concedida en 1913, hablando de su nueva casa en Madrid, Sorolla lo explica de forma muy contundente: «Los artistas vivimos aquí por ser el centro de todo el movimiento, no porque eso nos agrade, y vivimos a la fuerza de carecer Madrid de personalidad. Yo viviría en Valencia y allí habría construido esta casa, si Valencia fuera camino para alguna parte. Pero vivo aquí amando a Valencia y recordándola continuamente». Según Sorolla, «su Valencia», a la que siempre nombraba con tono posesivo, tiene una luz y un color inigualables. Más aún, también tiene el Mediterráneo que la baña y la mece, un mar en el que la luz vibra de manera especial, donde la fresca frondosidad de la huerta cae a un paso; allí es donde se mezcla el olor del azahar con otros mil olores, los cuales están matizados por los marinos…
Así pues, cuando podía, Sorolla intentaba veranear en las playas de Valencia, donde los tonos cálidos de la arena junto con los colores fríos del mar se convertirían en el trasfondo de sus composiciones, en las que destacarían las figuras de niños, hombres y mujeres disfrutando de los rayos del sol. El 17 de septiembre de 1910, Sorolla deja a su familia en Madrid y viaja a Valencia con sus discípulos Teodoro Andreu y Tomás Murillo y después de pasar unos días en la ciudad se traslada a Grau, al «hotel del puerto frente a la dársena», de la que comenta al llegar que «está hermosa inundada de sol». Desde allí se desplaza a diario a la playa del Cabañal a pintar. Uno de los cuadros más importantes que pinta durante los trece días que se encuentra allí es el de Chicos en la playa, un canto al placer del mar y del sol y un gran ejemplo de las dotes de observación del artista. En este lienzo que nos ocupa, tres niños desnudos y tendidos boca abajo sobre la arena disfrutan de las tranquilas olas que bañan sus cuerpos. La pintura tiene una gran cualidad líquida, obtenida a través de una pincelada larga, la cual hace casi palpable la textura del mar. La luz incide en los cuerpos de los niños y en la arena con gran efectividad. El trato que Sorolla daba a la luz es una de las razones por las cuales fue tan aclamado: el niño rubio adquiere la condición de personaje central, con su pelo casi disolviéndose entre la arena del mismo color.
En cuanto a la composición, en un plano bajo, nos dice todo lo que un pintor puede conseguir en el ámbito de la belleza, al no limitarse a componer sus cuadros dentro de las fórmulas acostumbradas. Chicos en la playa se puede considerar como un extraordinario y original acierto en este aspecto. En verdad, lo que separaba a Sorolla de sus seguidores e imitadores no fue sólo su calidad pictórica, sino también ese modo de componer las escenas. Para él, estas composiciones eran creaciones artísticas personales. Con instantes de la vida cotidiana llegaba a crear auténticas obras de arte que, por virtud de la composición, alcanzaban una categoría excelsa, porque llegada la hora de trazar no se limitaba a colocar los modelos exactamente como los podía haber visto, sino que los distribuía de acuerdo con un fin estético, líneas, masas, juegos de color y de luz. Aquí entraba el genio del artista, su interpretación personal de la naturaleza, su concepto de la belleza y su sentido de la armonía.