ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
En 1817, Goya recibió un encargo del cabildo catedralicio de Sevilla para la ejecución de un gran lienzo de las santas Justa y Rufina destinado a la Sacristía de los Cálices. El contacto fue a través de su amigo Ceán Bermúdez (m. 1829), quien decidió incluso la forma en que había de representarse a las santas: «del tamaño natural» para «que con sus tiernas y devotas actitudes y afectos de las virtudes que tuvieron, muevan a devoción y deseo de rezarles». Así lo cuenta Ceán, pintor, historiador y crítico de arte, en una carta a Tomás de Verí, donde también dice que acompañó a Goya a ver «todas las grandes pinturas que hay en el hermoso templo», de manera que el pintor pudiera inspirarse y trabajar con el respeto que requería una obra para tal ámbito porque, concluye, «ya conocerá Vm. a Goya y conocerá cuánto trabajo me costó inspirarle tales ideas, tan opuestas a su carácter». A petición de Ceán, Goya realizó tres bocetos previos, de los cuales uno es este conservado en el Museo del Prado. El cuadro que le sirvió de referencia más directa fue el pintado por Murillo en 1666 para el Convento de los Capuchinos de Sevilla, donde las dos santas aparecen en primer plano de cuerpo entero con la Giralda en las manos. Otra bellísima representación de las santas es la situada en la iglesia de Santa Ana de Sevilla, pintada por el Maestro de Moguer hacia 1540. Las santas, cuyo martirio se produjo en la segunda mitad del siglo iii, aparecen sobre un fondo donde se ve el puerto fluvial de Sevilla y las máquinas allí construidas para transportar los materiales de la obra de la nueva catedral.
Goya, por su parte, dejó al fondo la Giralda y colocó en primer término a las santas nimbadas (nimbos que desaparecen en la versión definitiva) que miran hacia el cielo. En las manos portan las palmas del martirio y cazuelas de cerámica que recuerdan su oficio pues eran hijas de un alfarero. A los pies de Rufina aparece un león manso que recuerda uno de los episodios de su martirio, cuando fue llevada al anfiteatro para ser devorada por las fieras y éstas no le atacaron. El cuadro se colocó en enero de 1818 y Ceán quedó tan satisfecho que lo consideró exageradamente «la mejor obra que pintó y pintará Goya en su vida».
Tenemos constancia del culto a las santas desde época visigoda gracias a los textos árabes. A la llegada de los musulmanes a la Península, el año 711, Sevilla se convirtió en su primera capital. A las afueras de la ciudad había una iglesia dedicada a santa Rufina, referida por los autores árabes como kanisa Rubina. Junto a ella se levantó una mezquita y la residencia del primer gobernador musulmán. Todavía en el siglo xii se cita un lugar llamado rábita Rubina de especial veneración para los musulmanes. Las dos santas son patronas de Sevilla y del gremio de alfareros, así como protectoras de la catedral y de la Giralda, el viejo alminar almohade que gracias a su intercesión resistió a los terremotos del año 1504 y a otros posteriores.