ARTE / Claroscuro
Por Laura Rodríguez Peinado
Esta pintura, Dos mujeres y un hombre, estaba situada en la sala superior de la Quinta del Sordo, frente a la entrada, formando pareja con La lectura. En ella se representa, en primer plano, una figura masculina con el rostro contraído que destaca por su camisa blanca, realizada con amplias pinceladas, que aporta luminosidad a la composición donde dominan las tonalidades grises y negras. Tras él, dos figuras femeninas se ríen de la acción que realiza el hombre, al parecer una masturbación, que despierta las burlas de las muchachas, quizás las incitadoras del acto sexual.
Llama la atención el carácter realista con que se trata la escena donde el espectador, al igual que las jóvenes, fisgonea esa acción tan íntima del muchacho llegando a participar de su burla o sintiendo lástima del hombre que se deja enredar por las mujeres, tema recurrente del pintor ya en los Caprichos, donde varias de las estampas aluden a las mujeres como embaucadoras y provocadoras de todos los vicios del hombre.
Si entendemos por misoginia la consideración de que las mujeres son inferiores al hombre y culpables de traer el mal del mundo, porque a la vez que dadoras de vida son las causantes de la muerte —figura femenina en casi todas las culturas—, podemos considerar que Goya tiene una actitud misógina en la concepción de la mujer en gran parte de su producción pictórica. La mujer con su coquetería pervierte al hombre, que se ve abocado inevitablemente a seguir sus más bajos instintos y perder la dignidad. El septuagenario Goya que lleva a cabo la decoración de su Quinta a orillas del Manzanares parece ir a la búsqueda de un vigor sexual ya mermado y se obsesiona con la mujer, omnipresente, que con su voluptuosidad incita al hombre y le distrae de luchar por causas nobles.
Se ha querido interpretar esta pintura no como una advertencia moral, sino en clave simbólica y política, comparando la esterilidad de la masturbación con las actuaciones políticas durante el periodo absolutista, enlazando con los mitos bíblicos y clásicos de Onán y Vulcano.
Onán, hijo de Judá, se vio obligado a casarse con Tamar, viuda de su hermano mayor, y cada vez que tenía una relación sexual con su esposa eyaculaba sobre la tierra, porque según la ley judaica un hijo tenido con la viuda de su hermano sería considerado hijo de éste y heredaría la primogenitura desplazándole a él en segundo lugar; por ello Dios le mató en señal de castigo.
Cuando Vulcano fabricó las armas para que Júpiter luchara contra los gigantes, pidió como pago casarse con Minerva, deseo ante el cual el dios de la tierra y el cielo no pudo negarse; pero como había concedido a la diosa virginidad perpetua, aconsejó a ésta en secreto resistirse al vigor de su esposo, que tuvo que derramar su semen sobre la tierra, de donde nació Erictonio, un ser monstruoso con cuerpo de reptil.
Ambos mitos pueden hacer referencia a la situación política española durante el reinado de Fernando VII y la esterilidad de sus acciones, igual que estériles resultan los actos onanistas que implican un desperdicio de la semilla vital y provocan la burla y la humillación.