Ciencia Y TÉcnica
Por Pablo Martín Sánchez
Ya he hablado aquí en otra ocasión de Leonardo Torres Quevedo (1852-1936), uno de los inventores españoles más prolíficos de todos los tiempos. Lo hice en relación al telekino o mando a distancia, pero en su haber cuenta también, como señalaba ya José Augusto Sánchez Pérez en Los inventos de Torres Quevedo (1914), diversas máquinas algébricas (la máquina electromecánica de calcular, la máquina de multiplicar perfeccionada, el logaritmador binómico), un aritmómetro electromecánico, un indicador de coordenadas (predecesor de los modernos GPS), un aparato para tomar discursos sin taquígrafo, un puntero proyectable (antecesor de esos láseres que abundan hoy día en los estadios de fútbol, utilizados para despistar al jugador del equipo contrario cuando va a lanzar un penalti), una balanza automática, un autómata jugador de ajedrez o un transbordador funicular aéreo, del que voy a ocuparme hoy.
Conviene decir, para empezar, que un funicular aéreo es casi un oxímoron. No lo es por definición, pues el término funicular entra en el Diccionario de la Academia en 1899 con el significado de ‘aplícase a lo que está constituido de cuerdas’, y en 1925 empieza a definirse como ‘aplícase al artefacto en el cual la tracción se hace por medio de una cuerda o cable’. Sin embargo, sí lo es en la práctica, pues el funicular se distingue del teleférico precisamente porque el primero circula sobre raíles y el segundo lo hace suspendido en el aire: no hace falta más que consultar la Wikipedia para cerciorarse de ello. Así que cuando Torres Quevedo llevó a cabo su proyecto de construcción de un «transbordador funicular aéreo» en el Monte Ulía de San Sebastián, en 1907, en el fondo lo que estaba planeando era lo que hoy se conoce como teleférico.
No obstante, ya a mediados del siglo xix existían cabinas colgantes utilizadas para el transporte de mercancías y, según afirma Antonio Miravete en Transportadores y elevadores, «el primer teleférico destinado únicamente al transporte de personas fue construido en 1866 en Schaffhausen», en una época en que el ingeniero cántabro no era más que un niño. ¿Cuál fue entonces su invención? La de haber diseñado «el primer transportador de plano inclinado», en palabras del propio Miravete, que ascendía al Monte Ulía en un trayecto de doscientos ochenta metros. Y lo hacía, además, de un modo completamente seguro: «Distínguese de los demás —explicaba el teniente coronel Espitallier en junio de 1909 en la revista Le Génie Civil— por componerse la vía de varios cables, cuya tensión invariable se determina en cada uno por un contrapeso, independientemente del peso transportado y en forma que, si alguno se rompe por un accidente cualquiera, la tensión de los restantes no aumenta; cualidad que define este transbordador y le [sic] diferencia de los demás y aún de todas las demás construcciones usuales, en que la rotura de una de las principales piezas recarga fuertemente las otras, poniendo la obra en riesgo de ruina».
Pero quizá la muestra más evidente del éxito que tuvo el teleférico del Monte Ulía fue que el invento de Torres Quevedo acabó cruzando el charco y balanceándose sobre las cataratas del Niágara: en efecto, la misma Sociedad de Estudios y Obras de Ingeniería que había llevado a cabo la construcción del transbordador de San Sebastián constituyó una sociedad llamada The Niagara Spanish Aerocar, con el fin de negociar la construcción en Whirlpool de un funicular aéreo del sistema Torres Quevedo, que acabaría recorriendo un total de quinientos cincuenta metros, el más largo y seguro construido hasta la fecha. Se inauguró oficialmente el 8 de agosto de 1916 y hoy día aún puede leerse una placa en inglés que dice: «Niagara Spanish Aerocar. El coche aéreo español del Niágara fue diseñado por Leonardo Torres Quevedo, que lo llamó “Transbordador”, y representa un nuevo tipo de transporte por cable aéreo, el único existente de este tipo».
Ciertamente, en la actualidad el teleférico es un medio de transporte secundario que a menudo funciona más bien como atractivo turístico. Es lo que ocurre en Madrid o en Barcelona, donde sus habitantes no suelen utilizarlo. Sin ir más lejos, yo he vivido en ambas ciudades y no he montado aún en ninguno de sus teleféricos. Tal vez haya llegado el momento de hacerlo y comprobar, ya de paso, si hay alguna placa en homenaje a don Leonardo Torres Quevedo.