ARTE
Por José Miguel Lorenzo Arribas
En los contenedores actuales de colores que se han diseminado por doquier en las poblaciones urbanas o rurales, nos piden las autoridades que depositemos, convenientemente separados, papel, vidrio, o plásticos y similares. El objeto último es reciclarlos, es decir, someter los materiales, ya usados, a un proceso para que puedan volverse a utilizar. Curiosamente, uno de los niveles que miden el desarrollo de una sociedad, en los estándares al uso, es la capacidad de reciclar. Toda una contradicción cuando el chiringuito macroeconómico de las llamadas sociedades avanzadas se asienta en el derroche constante de productos, bienes y servicios, continuamente sustituidos.
Las sociedades consideradas «poco desarrolladas», ya sean actuales o del pasado, son, por el contrario, las que han reciclado siempre, hasta extremos que hoy no imaginamos. Fruto de la carencia de medios, seguramente, ahí están ciertos ejemplos para que nos los apliquemos. Me quería referir aquí a otro tipo de reciclaje: el de la piedra en la época del triunfo del románico. Sin contenedores donde depositar la piedra usada, ya se afanaron las cuadrillas de artífices en hacer del reciclaje una divisa y aprovechar cualquier resto anterior para construir obra nueva, o abaratar una restauración, pues ahorraba tanto en materia prima como en mano de obra. El resultado fue dispar, en función de la pericia u oportunidad de la piedra reciclada, pero componía, a veces, curiosos pastiches (collages suena mejor) que testimonian la biografía de un edificio y ofrecen curiosidades varias a nuestra mirada actual.
Así, el románico nos ofrece una panoplia extensa de reciclaje pétreo, advertible a veces a la mirada atenta del hoy turista, y otras hasta para la más distraída de las visitas. Es frecuente emplear capiteles romanos o románicos para, vaciados por su parte superior, obtener una pila benditera ya decorada. Los romanos, con sus sólidos sillares, ofrecieron generosamente materia prima a medida que sus construcciones fueron arruinándose, expoliándose o ambas cosas. Muchos de aquéllos los observamos hoy perfectamente embutidos en los muros de la fábrica románica de los templos, o en construcciones civiles, y la misma suerte corrieron los tambores sueltos de columnas precedentes. Si no se podía reutilizar por haberse perdido la mayor parte, servía para reconstruir un muro. Su sección hexagonal, circular… denuncia que aquello fue una reutilización, que no se hizo ad hoc para ese muro.
Las lápidas (<lapis-idis, ‘piedra’) y las estelas funerarias romanas, planchas pétreas alisadas y resistentes, en ocasiones de materiales muy apreciados, como el mármol o alabastro, fueron de los objetos más codiciados. Así, las vemos como mesa de altar (con frecuencia, sostenidas por columnillas y capiteles también reciclados); como umbrales de puertas de acceso, donde pisar firmemente y sin miedo; como escalones o en el solado por la misma razón; o como parte de los poyos de una galería porticada, sirviendo de cómoda base para quienes en ella quieran sentarse. Otras veces, son los muros del templo los que acogen tales estelas, paganas tantas veces, lo que produce un sincretismo cultural bien curioso. Pisamos antiguas mesas de altar porque forman parte de unas gradas que acceden a la iglesia o al presbiterio, o nos sentamos en el poyo de una galería sobre un sepulcro antropomorfo de una sola pieza (así en Rejas de San Esteban, Soria) que antaño contuvo un muerto, cuando no se reaprovecha el poderoso fuste de una columna romana en desuso para labrar la forma de lo que será tumba de un niño medieval, como el que apareció en Tiermes (Soria).
Hoy, con la piedra medieval, se sigue haciendo lo mismo, y vemos vetustas y sólidas pilas bautismales románicas que contienen plantas en la plaza pública de algún pueblo, cual desproporcionados maceteros, o, lo que es peor, en patio particular, como el de la canción. Al final, los vigilantes del patrimonio habrán de poner un contenedor de reciclaje más, con este rótulo: «Deposite su piedra medieval», para reutilizarla, en su andadura postrera, como pieza de museo. No sé qué es mejor.