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Viernes, 30 de julio de 2010

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LITERATURA

De monstruos y maravillas en los libros de viajes medievales

Por Antonio Chas Aguión

Tal como expuso hace ya algún tiempo Jacques Le Goff en Lo maravilloso y lo cotidiano en el occidente medieval, el concepto de maravilloso remite no a una categoría específica sino a un universo de seres, objetos o circunstancias de una más que considerable diversidad tipológica. Bajo la misma etiqueta caben diferentes, e incluso contradictorias, formas de entender los prodigia y no todas ellas encuentran idéntico acomodo en los libros de viajes.

En los periplos de ultratumba, por ejemplo, la finalidad aleccionadora exigía que la presentación de apocalípticos mirabilia alternase con mensajes doctrinales claramente perceptibles para los receptores. Por ello, y conforme a una tipología alegórica de dilatada difusión, se pone ante los receptores un itinerario cuyo carácter aterrador crece de manera progresiva a medida que se avanza en el itinerario ad inferos; de ahí la descripción de auténticos suplicios infernales: valles y ríos tenebrosos, pozos incandescentes, lagos hediondos, monstruos devoradores y calderas hirviendo en donde las almas deben purgar los pecados cometidos. Cuanto más hondo se desciende, mayores son las penas que se expían. Por contraposición, el ascenso al paraíso, vía purgatorio, está jalonado de vergeles deleitosos por los que fluyen ríos de aguas transparentes en cuyo desplazamiento el alma es acompañada con cantos armoniosos de coros celestiales. Se trataba, en suma, de maravillar a la audiencia con todos estos prodigios supuestamente revelados en el trasmundo y, con ello, visualizar aleccionadoras pautas de comportamiento.

Pero, sin duda, el lugar más destacado en esta revisión tipológica de los mirabilia queda reservado a las formas extrañas o aberrantes que puede concebir la imaginación, aquello, en suma, que constituye lo monstruoso. Claude Kappler elaboró en Monstruos, demonios y maravillas a fines de la Edad Media un amplio catálogo en el que distingue hasta un centenar de posibilidades de monstruo o de fenómeno prodigioso; entre otros encontramos, por ejemplo, seres humanos con alteraciones diversas, como los monstruos caracterizados por la gigantez de su cuerpo o, todo lo contrario, los pigmeos. Son particularmente frecuentes los panotios, cuyas orejas son de tamaño desproporcionado, los sciapodas u hombres con un solo pie, tan grande que con él se cubren del sol, o los blemmyas, seres sin cabeza cuyos ojos y boca están en el pecho. Un grupo diferente está integrado por hibridaciones de muy diversa naturaleza, como los unicornios, los grifos (mezcla de águila y león), los basiliscos (con cuerpo de serpiente y cabeza de pájaro, cuya mirada mata), centauros, sirenas, mujeres serpiente o, sobre todo, los cinocéfalos, hombres con cabeza de perro, que el anónimo autor del Libro del conoscimiento ubica en los límites de Tartaria. Y, ya en un último grado de monstruosidad, encontramos extraños productos de los reinos animal y vegetal, como los árboles ornitógenos, con frutos animales; el cordero vegetal que nace de las vainas de un árbol, hormigas del tamaño de un perro o bien gallinas lanudas.

Fenómenos de transgresión del orden natural y monstruos de muy diferente especie encuentran su espacio en libros con un alto componente de fantasía. Pero, más allá de los prodigios, también la perfección estética tiene cabida en el imaginario maravilloso, especialmente en los viajes reales, en los que la maravilla es ocasionada no tanto por la fabulación sino por la admiración y el asombro ante lo desconocido. Se pretende reflejar un mundo insólito, ignoto, no inventado sino visto y experimentado por el viajero. Ese maravilloso, que en realidad no existe como tal, viene a ser lo no observado cotidiana y familiarmente, aquello no habitual que causa sorpresa y que describen libros como la Embajada a Tamorlán o las Andanças e viajes de Pero Tafur: las ciudades —por ejemplo Venecia, Roma o Constantinopla—, las costumbres de sus habitantes, las construcciones desconocidas, como las pirámides o «graneros de José» para Tafur o la suntuosidad de las tiendas del emperador mongol; todo lo que, en suma, contribuye al exotismo de lo desconocido.

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