Centro Virtual Cervantes
Rinconete > Literatura
Jueves, 29 de julio de 2010

Rinconete

Buscar en Rinconete

LITERATURA

Piensa mal

Por Mauro Cadove

Ya conocerán el chiste —circula por Internet a todas horas— de la princesa que, en una cena en palacio, es cordialmente invitada a jugar a las adivinanzas por la reina, quien (esto es muy importante) no es su madre sino su suegra. Es decir: la princesa lo es con suerte, o consorte; y, dada su condición advenediza, la familia real tiene todo el derecho a hacer con ella eso que define la Academia, en la última de sus acepciones, como «tr. vulg. Fastidiar, perjudicar a alguien».

Pero claro: las adivinanzas tienen trampa, o al menos doble sentido, y uno de ellos, el de contenido sexual, es tan evidente que cómo pasarlo por alto. Es decir: ¿quién iba a saber que esa cosa que, «larga y afilada cual estilete, / por la punta saca y mete», etc., etc., sería una aguja? La princesa no, desde luego, y como es sincera y tiene buen corazón dice lo que está pensando, y entonces la reina, que es una bruja, hace ademán de echarla, y el príncipe intercede por su amada, y la reina suspira y prueba con otra adivinanza todavía peor, aún más sangrante, y la princesa vuelve a decir lo que está pensando, y la reina vuelve a hacer ademán de echarla, y el príncipe vuelve a interceder, etcétera, etcétera, hasta que, después de cuatro intentos y de marear bastante la perdiz, la princesa se rinde y coge el bolso para marcharse, tras una despedida antológica y rimada que viene a decir que eso solo puede ser una cosa y punto, digan ellos lo que digan; y el chiste, que no era bueno, acaba de una vez.

No hace falta ni aclarar que los enigmas —las enigmas— del Barroco («escura alegoría o cuestión y pregunta engañosa y entrincada, inventada al albedrío del que la propone», decía Covarrubias) ya usaban y abusaban de estos dobles sentidos: el de lectura inmediata y abiertamente sexual y el teóricamente ingenuo y por ello mucho más retorcido. Allí el término recurrente, el auténtico sustantivo estrella en todos los salones, era ya saben cuál: el mismo del chiste de la princesa. Recuerden si no estas tres redondillas del doctor Juan de Salinas (¿1562?-1643) cuya solución —la descubro yo directamente, no vayamos a liarla— es, como estaba mandado, la jeringa:

¿Cuál es la sierpe crüel
que se encoge y que se alarga
y escupe saliva amarga
aunque coma dulce miel?

Con tal destreza que espanta,
a muchos abate y hiere;
nadie de la herida muere:
antes luego, se levanta.

Por miedo ni por antojo
no le volváis las espaldas,
que se entrará por las faldas
y sin duda os dará enojo.

Pero recuerden también aquellas letrillas que interpelan al lector con su «qué es cosa y cosa» («Decid qué es aquello tieso / con dos limones al cabo, / barbado a guisa de nabo, / blando y duro como hueso») o con ese juguete que «ni hiere, ni mata, ni pica, ni muerde» («Es alegre a todas horas, / y, amanece o no amanece, / hay vecina que daría / cuanto tiene por tenelle»). Etcétera. Forma, tamaño, textura, carácter: casi cualquier característica resulta tan evocadora que a estas alturas de partido pocos objetos quedan ya libres de la comparación. El enigma encuentra ahí su mina de oro y regala al público una leve, cariñosa reprimenda final, justo antes de ofrecer la solución buena, es decir, la inverosímil:

«Qué mal pensado».

Centro Virtual Cervantes © Instituto Cervantes, . Reservados todos los derechos. cvc@cervantes.es