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Jueves, 29 de julio de 2010

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Cine y televisión

La apoteosis del lenguaje quinqui

Por Joan Ripollès Iranzo

El 9 de mayo de 1988, a eso de las diez de la mañana, un viandante reparó en un bulto que había tirado en un descampado, junto a la madrileña carretera de Vicálvaro. Era el cuerpo sin vida de José Luis Fernández, más conocido como El Pirri, actor de cine y televisión a quien el gran público conocía por sus papeles de joven inadaptado y buscavidas. Se había ido del mundo con una jeringuilla cuajándole la vena y varias papelinas de heroína adulterada como único abalorio para la muerte.

Natural del barrio de San Blas, El Pirri encarnaba el paradigma de la juventud marginal abocada al trapicheo y la mala vida. Aunque el mote le había caído por su afición al fútbol, la fama se la había ganado por golfo en una carrera de mediocres delitos.

En 1980, con apenas catorce años, Eloy de la Iglesia lo había escogido entre centenares de chicos de barriada para representar uno de los papeles de Navajeros, aunque, como protagonista de la película, el realizador se había decantado por José Luis Manzano, amigo personal de El Pirri nacido en el barrio de Vallecas, que también se despediría del mundo con una sobredosis en el cuerpo.

El cine y la música española de la primera democracia están salpicados de casos semejantes: artistas que fueron quedando en el camino a golpe de sobredosis y deficiencias inmunológicas. Pero Manzano y, sobre todo, El Pirri, representan como nadie el auge y la caída de la descalabrada juventud del suburbio. Los dos pusieron su cara y carisma al servicio de los antihéroes marginales de la gran pantalla, para regresar luego a la poza de la miseria real. Su éxito había sido un espejismo que encandiló a la chavalería de barrio, adolescentes locos por cantar la rumba carcelaria de Los Chichos, seguirle las andanzas al Vaquilla y admirar las fugas motorizadas de perros callejeros, navajeros y colegas de medio pelo.

Editoriales, productoras y discográficas hicieron su agosto en la época dorada del casete de gasolinera y el tirón de bolsos en los mercadillos, pero los verdaderos protagonistas de aquellas historias de represión, droga, sangre y desamparo fueron quedando en la cuneta de la vida. El Pirri, muchacho de rostro duro y verbo espontáneo, resistió lo poco que pudo y era recordado con ternura por los compañeros de rodaje de las películas en que había trabajado.

Su última colaboración se dio en el programa de televisión Querido pirulí, dirigido y presentado por Fernando García Tola. La noche de los miércoles, José Luis Fernández volcaba en antena la crítica de la película que había ido a ver al cine con sus colegas. El lenguaje quinqui se infiltraba en el discurso hegemónico de los grandes medios y un muchacho de poco más de veinte años se convertía en líder de opinión, espetando con el habla del pueblo lo que el pueblo hablaba cuando hablaba de ir al cine a ver películas.

Una noche, El Pirri no pudo hacer su comentario en directo. Le habían detenido tras haber dado un palo de poca monta en el metro. Frente a la policía se comportó con el mismo descaro que lucía ante las cámaras y en su rostro se dejaron sentir los rigores que padecen quienes sufren persecución por la justicia. Por lo demás, su profesionalidad quedaba fuera de toda duda: no volvió a faltar a su cita semanal con la crítica de cine hasta que un chute de caballo adulterado le dejó tirado en un yermo de la carretera de Vicálvaro, como si del tópico primer plano de un melodrama costumbrista se tratara. Una película que a él no le habría gustado demasiado.

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