ARTE / Claroscuro
Por Elena Paulino Montero
Una caja de perada,
algún vidrio de jalea,
cidra en azúcar, grajea,
o con ámbar nuez moscada
es lo que habéis de tener
para honradas ocasiones.
Estos versos pertenecientes a la obra de Lope de Vega El cuerdo en su casa, a menudo relacionados con la obra de van der Hamen, muestran a la perfección la moda de consumir bebidas dulces acompañadas de costosos pasteles y golosinas en la corte madrileña del siglo xvii. Esta moda se refleja también en la publicación de libros de gastronomía, como el Arte de cocina, pastelería, bizcochería y conservería, de Francisco Martínez Motiño, donde se habla de los dulces que deben ser consumidos a determinadas horas, especialmente durante la merienda, y donde se presta también una gran atención al aspecto que debe presentar la mesa, en la que deben figurar utensilios de oro, plata y vidrio.
Y, por supuesto, esta moda se refleja en la creciente demanda de pinturas de bodegones, como este Bodegón con dulces y recipientes de cristal de van der Hamen y León, que supo comprender y explotar las posibilidades comerciales que este tipo de pintura ofrecía. Entre 1620 y 1630 los bodegones se convirtieron en elementos muy populares para la decoración de interiores entre los nobles y los funcionarios de la corte, ya que reflejaban su estatus a través de la jerarquía de los alimentos representados. La confitería era símbolo de riqueza, ya que era consumida exclusivamente por la alta sociedad, frente a las clases inferiores que tomaban como postres fruta, queso y aceitunas. Algunos dulces eran consumidos por todas las clases sociales, como los barquillos y los buñuelos, hechos a base de miel y masa frita, y que eran uno de los pasteles preferidos por la familia real.
En este bodegón podemos ver algunos de los dulces más apreciados de la época, como los higos confitados, los buñuelos y el barquillo que, dispuesto en diagonal, sobresale de la repisa, lo que da profundidad al cuadro. Junto a estas golosinas hay también un recipiente de loza para la miel y una jarra de vidrio veneciano con aloja, bebida de origen morisco muy popular en las meriendas de la corte que estaba compuesta de aguamiel y diversas especias como canela, clavo y jengibre, y que se perfumaba con esencia de jazmín o rosas.
A través de la representación de los objetos y los alimentos, en este bodegón van der Hamen invita a la exaltación de los sentidos: del gusto, con distintas alusiones a lo dulce; del olfato, presentando una jarra de bebida aromatizada; del tacto, con la representación, mediante una habilidad pictórica muy notable, de objetos de loza y de delicados vidrios venecianos; además, a través de la vista, van der Hamen presenta la pintura como ilusión. Sitúa los elementos en una alacena, que se abriría ficticiamente sobre la puerta donde iría situado el cuadro: el barquillo, que sobresale de la repisa, aumentando la sensación de espacio, como se ha dicho; y un par de moscas, atraídas por el aroma de la bebida, lo que hace alusión a la anécdota del pintor griego Zeuxis, que pintó un racimo de uvas tan perfecto que incluso los pájaros acudieron a picotearlo.