ARTE / Claroscuro
Por Elena Paulino Montero
El retrato cortesano desempeñó un papel fundamental en la época moderna tanto por su utilidad en el desarrollo de la política internacional, como por su importancia a la hora de representar y mostrar a los ciudadanos la idea del poder, encarnada en la figura del soberano. Este tipo de retratos, por tanto, se sitúa siempre entre dos necesidades opuestas que deben conciliarse: la necesidad de realismo inherente al retrato y la necesidad de idealismo, propia de la representación del poder atemporal.
Además de esta tensión característica del retrato de estado, existen una serie de obras, como ésta que representa a las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela, que se sitúan en otra frontera de límites difusos: la que separa lo público y lo privado. Además de los retratos que pueden definirse propiamente como de estado, nos encontramos con una serie de obras que podríamos denominar familiares, pero a las que la naturaleza de los representados hace que adquieran una nueva trascendencia, al superponerse referencias simbólicas y alegóricas, generalmente vinculadas con la idea de linaje. Así, en este cuadro en apariencia familiar e infantil, vemos repetidos los modelos que se aplicaban al retrato de adultos. Las infantas están de pie, giradas en tres cuartos, con la mayor, Isabel Clara Eugenia, ligeramente adelantada; ésta, además, sujeta un pañuelo en la mano derecha, en una postura muy similar a la de otros retratos de las mujeres de la corte, de modo que se establece una afirmación de la continuidad dinástica a través de la postura y los elementos pictóricos.
En relación con esta difícil separación entre lo público y lo privado encontramos, también en esta obra, una tensión difícil de resolver: la necesidad de conciliar el retrato cortesano con la pintura de temática infantil. En este caso Sánchez Coello sigue el modelo establecido por los pintores de la corte y retrata a las infantas como adultas, con un cierto aire de rigidez y lejanía poco acorde con sus rasgos infantiles. Los trajes que visten, con verdugado y cartón de pecho a la moda española, aumentan esta sensación de envaramiento de los personajes. Estos trajes, que dan a la figura femenina la forma de dos triángulos invertidos, eran signo de distinción y alcurnia pero, a su vez, resultaban extraordinariamente incómodos y limitaban la libertad de movimiento, algo que podemos observar en la manera de situar a las figuras en el espacio o de colocar los brazos.
Sánchez Coello retrató en numerosas ocasiones a las dos infantas, tanto juntas como por separado, hecho que constataba el especial afecto que les profesaba el rey, que encargó muchos de estos retratos en distintas etapas de la vida de sus hijas. Sánchez Coello fue desarrollando distintas formas de aproximarse a las infantas y de conciliar los intereses, aparentemente opuestos, que convergían en un cuadro de estas características. Así pasa de una aproximación más familiar a las infantas, como muestra el retrato de ambas en las Descalzas Reales, a una representación más adulta y lejana, como en el cuadro que nos ocupa, hasta alcanzar una solución de compromiso en dos cuadros magistrales, el de Isabel Clara Eugenia de 1579 y el de Catalina Micaela de 1585. En ellos las dos infantas aparecen lujosamente vestidas y enjoyadas, en la postura más tradicional en este tipo de retratos cortesanos (de pie, giradas en tres cuartos y apoyando la mano sobre un sillón) pero con los rasgos delicadamente suavizados y una mayor libertad y naturalidad en su movimiento que las alejan del encorsetamiento y la falta de plasticidad de las primeras composiciones.