Música y escena
Por Alba Bergua Muntoner
En el capítulo 12 del Ulises, Leopold Bloom aburre a los parroquianos de una taberna con la explicación científica de ciertos fenómenos espontáneos que se producen en el organismo de los ejecutados por ahorcamiento. La cosa (el fenómeno, quiero decir) no tiene mucho misterio: la conoce todo el mundo, así que no seguiré por ahí; solo tengo que añadir que, cuando leí esa página de Joyce, pensé de inmediato en la canción de Siniestro Total donde yo había oído la historia (la del fenómeno, digo) por primera vez. Y entonces, de repente, pensé: «Qué de cosas tienen en común este irlandés y estos gallegos, fábulas y bardos aparte».
Porque en los bares —o en la tele, da igual— siempre hay alguno que, después de un jugadón realizado por un defensa expeditivo y de juego poco vistoso, o bien por un jornalero del área pequeña, de esos que no destacan por su dominio de la pelota, dice con un dedo que apunta a la pantalla: «Si esto lo hace X, mañana está en todos los periódicos». X es ahora Messi como ayer fue Zidane y anteayer Maradona. Y los de alrededor asienten porque la frase es rigurosa, terriblemente cierta; tanto, que funciona igual de bien en el mercado de las artes. Verbigracia: si Joyce escribe, en el capítulo 11, «toque, toque toc Paul de Kock», nos quedamos medio tontos con la voz interior, las aliteraciones y todo eso; y está muy bien, ciertamente, pero cuando los de Siniestro Total, en La balada de Cachamuiña y María Pita, cantan «así que Martín Codax en la boda hará las fotos», para qué vamos a quitarnos el sombrero ante el juego fónico erudito; con qué necesidad invocaremos la mitología celta, o el tronco gallegoportugués, o la literatura medieval, o qué sé yo, total, si son roqueros. Pues bien, en mi opinión está clarísimo: o le aplicamos el cuento a todos por igual o no lo hacemos con ninguno (un amigo mío expresa esta idea con una sentencia popular más descarnada, que por pudor no reproduzco aquí).
«Nosotros somos seres racionales, / de los que toman las raciones en los bares». Tal es su carta de presentación; y con esa mentalidad cartesiana, lógico que no dejen de hacerse preguntas angustiosas acerca del origen de la vida («¿Se expande el universo? / ¿Es cóncavo o convexo?») o sobre los límites de nuestro conocimiento en este mundo de conspiraciones («Si aterriza el Columbia en el tejado de tu casa / y descubres que la NASA roba tus discos de cumbias…»). Normal que, ante la desaparición de trilobites y mamuts, clamen por el suicidio colectivo («Pueblos del mundo: ¡extinguíos! / Dejad que continúe la evolución…»); o que transiten por los espinosos caminos de la filosofía («Nada es lo mismo que nihilismo. / -¿Usted no nada nada? -Es que yo no traje traje») o la psicología («No se está mal en el fondo, / no pidas peras al olmo; / es el síndrome de Estocolmo»). Les van las paradojas lingüísticas: como el otro, opinan que «sólo estar durmiendo / es mejor que estar dormido».
No faltan las canciones de desamor («Para ser de la Ciudad Condal / ay, amor, me tratas muy mal») o de desamor mezclado con alcoholismo, donde los amantes de la amada son cartones con nombre de caballero: «Ay, Dolores, siempre me la pegas / con Don Hugo y Don Simón; / al día siguiente, te duele la cabeza / y a mí el corazón». Como todos, vuelven a los clásicos, con un príncipe Hamlet que pide explicaciones a su madre, la reina de Dinamarca, en versos cortos pero certeros y sentidos: «Óyeme, mamá: mataste a papá / y te has casado con tu cuñado; / eso no está bien». Y, aunque hay lugar para el arrepentimiento («Lo que hice ayer no lo vuelvo a hacer. / Bueno, esta noche la última vez…»), no les faltan palabras de comprensión ni de esperanza para el ser humano: «Tranqui, colega: / la sociedad es la culpable». Filantropía pura, en suma.
Detrás de todo está la tierra, por supuesto: esa tierra «donde la lluvia es arte / y Dios se echó a descansar» y en la que la única relectura posible del God save the Queen es, evidentemente, Dios salve al conselleiro.
En fin: hacen lo que les da la gana y hacen bien. El público los escucha y se dice en voz baja lo mismo que pregonan ellos: que menos mal que nos queda Portugal…