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Martes, 28 de julio de 2009

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Arte / Claroscuro

Ciociara

Por Juan Carlos Ruiz Souza

Eduardo Rosales, figura esencial de la renovación de la pintura española durante el tercer cuarto del siglo xix, vio truncada su vida al sorprenderle la muerte con tan sólo treinta y siete años. Resulta curioso que Rosales y su admirado Fortuny llegasen a ser tan importantes en la historia de la pintura española del xix, a pesar del origen humilde de los dos y de las diferencias existentes en el arte de ambos. Vivieron y murieron casi a la vez con menos de cuarenta años, e incluso disfrutaron de las mieles del éxito.

Ilustración. Eduardo Rosales (1836-1873): «Ciociara» (detalle)

Eduardo Rosales (1836-1873): Ciociara (detalle)
Lienzo, 125 x 75 cm Núm. de inventario: 4627

Oriundo de Madrid, Eduardo Rosales realiza sus primeros estudios en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando con la mala suerte de contraer la tuberculosis a la edad de 20 años, lo que irá minando su salud y a la postre provocará su temprana muerte. En 1857 decide marchar a Italia para completar su formación gracias a la ayuda de los amigos íntimos que costearon el viaje, ya que no contaba por entonces con ningún otro tipo de ayuda, hasta que por mediación de Vicente Palmaroli consigue una beca del gobierno español. Tras unos inicios artísticos próximos a la pintura de los puristas nazarenos, se irá inclinando hacia el realismo que por aquellos años se imponía tanto en pintura como en literatura en buena parte de Europa. En la Capital Eterna realiza una de sus obras cumbres, que le lanzarán al estrellato, Doña Isabel la Católica dictando su testamento, que obtendrá la primera medalla de la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1864 y otra de primera clase en la Exposición Universal de París tres años después. Dicho cuadro junto a su Muerte de Lucrecia, que de nuevo obtiene el premio máximo en la Exposición Nacional de 1871, revolucionan y modernizan el género de la pintura de historia en España. Realizó también cuadros de paisaje y retratos, así como escenas de género.

Durante su estancia en Roma, al igual que tantos otros pintores allí extranjeros, quiso retratar a Pascucia, una típica campesina o ciociara del Lacio que vendía sus productos del campo en la capital y que sirvió también de modelo para aumentar el jornal. En este cuadro vemos a la perfección el carácter personal y realista de Rosales. Podríamos recordar el arte de Courbert y Corot, pero es el realismo de Velázquez el que recupera y reinterpreta el pintor madrileño. Utiliza una pincelada suelta, ligera, amplia y vibrante, y no duda en dejar esbozadas aquellas partes que le interesan para dotar a su pintura de una mayor intensidad que se completará en nuestra retina, al igual que el maestro sevillano, cuya técnica impresionista, bien entendida ya en el siglo xvii, le permitía captar el sentimiento, la atmósfera y el movimiento con las pinceladas precisas, y con el valor intrínseco que posee el soporte al descubierto. Al contemplar esta obra de Rosales se hace obligado recordar la técnica de Velázquez en Las hilanderas del Prado, o en su Costurera de la National Gallery of Art de Washinton. La pintura española recibirá el legado de Eduardo Rosales tras su desaparición, y carreras como las de Sorolla o Zuloaga, entre otros, serían difícilmente comprensibles sin su arte.

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