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Martes, 7 de julio de 2009

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Arte / Claroscuro

Interior de la Mezquita de Córdoba

Por Susana Calvo Capilla

Como ya indicamos en el comentario de La Torre del Oro, el inglés David Roberts, viajero y pintor romántico, emprendió su viaje por España en 1833. Durante sus viajes realizaba numerosos dibujos que luego retomaba en forma de lienzo, de acuarela o de litografía, la mayoría de las veces por encargo. De su viaje por Andalucía el Museo del Prado posee tres óleos: el ya citado, éste de la Mezquita de Córdoba, firmado en 1838, y El castillo de Alcalá de Guadaira.

Ilustración. David Roberts (1796-1864): «Interior de la Mezquita de Córdoba» (detalle)

David Roberts (1796-1864): Interior de la Mezquita de Córdoba (detalle)
Lienzo, 138 x 93 cm Núm. de inventario: 6160

En esta obra, Roberts recoge una vista de la nave central de la gran mezquita cordobesa hacia el muro de qibla, justo ante la arquería de arcos entrecruzados que dan acceso a la maqsura y con el arco del mihrab al fondo. Once años más tarde realizó otro lienzo similar para un tal Thomas George Founereau, Esquire de Bushey, pero en esa ocasión escogió la nave adyacente, aquella en la que se abría la puerta del sabat o pasadizo privado del califa. En ambos casos se aprecian inexactitudes arquitectónicas y decorativas, licencias de un artista romántico más interesado en mostrar una impresión general y, sobre todo, una atmósfera particular. Para dar vida al escenario lo puebla de personajes diminutos que falsean las verdaderas dimensiones del edificio, un rasgo habitual en las pinturas románticas. Los personajes se mueven y se visten de forma inverosímil, mezclando variados atavíos folclóricos con hábitos religiosos, parafernalia de bandoleros o capas de embozados. Parecen personajes salidos de los cuadros y grabados de Goya, que a buen seguro Roberts conocía.

En Sevilla, Roberts conoció al pintor español Jenaro Pérez Villamil, también de viaje por Andalucía; de hecho es posible que visitaran juntos algunos lugares porque adoptaron vistas idénticas de algunos paisajes (es el caso del Castillo de Gaucín, en la provincia de Málaga, y del Peñón de Gibraltar). Pérez Villamil, un excelente paisajista romántico, se convierte asimismo en uno de los primeros orientalistas españoles, siguiendo la corriente que por entonces estaba tan en boga en Europa, y de la que el propio Roberts era máximo representante. Otros pintores ingleses y franceses viajaron por las mismas fechas a España, un destino exótico para los europeos que, a menudo, iniciaban o terminaban aquí su periplo hacia Oriente. John Frederick Lewis (1805-1876), por ejemplo, publicó en 1834 la obra Dibujos de la Alhambra y residió diez años en El Cairo; sus acuarelas y grabados de temática orientalista eran muy apreciados, entre otros, por Théophile Gautier. Eugène Delacroix (1798-1863), por su parte, visitó España hacia 1832, de camino a Marruecos y Argelia. Los dibujos y acuarelas de su carné de viaje, de una viveza y una inmediatez asombrosas, le sirvieron de inspiración o de modelo para las composiciones de algunos de sus lienzos.

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