Arte / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
La obra que cierra por ahora nuestro ciclo dedicado a «Oriente y Occidente» es uno de los dos trípticos de Pieter Coecke van Aelst que posee el Museo del Prado. Este polifacético artista holandés, pintor, escultor, autor de cartones para tapices y vidrieras, además de impresor, fue también un viajero curioso. Se sabe que fue a Roma, donde se impregnó del estilo pictórico que caracterizó a sus obras; pero hoy queremos recordarle por su viaje a Oriente y por los dibujos que allí hizo.
Pieter Coecke Van Aelst (ca.1502-1550): Tríptico de la Adoración (detalle)
Lienzo, 81 x 67 cm
Núm. de inventario: 2703
Coecke emprendió su viaje a Constantinopla o Estambul en 1533, pocos años después del Cerco de Viena por Solimán el Magnífico. Hay dudas sobre los motivos de su visita a la corte otomana, aunque hay dos hipótesis plausibles: la primera es que llegó en el séquito del primer embajador de Carlos V ante la Sublime Puerta; la segunda es que fue enviado por una compañía de Bruselas para aprender los secretos de su industria tapicera y para vender sus propios tapices al Sultán, un negocio abocado al fracaso por razones evidentes: Turquía se hallaba en un momento de desafío militar a Europa y, además, producía espléndidos tapices que los venecianos se encargaban de llevar y vender por todo el Continente (como ya vimos en el n.º IV de esta serie, «Los tapices orientales», dedicado a La Sagrada Familia, de Van Orley). Sin embargo, el interés que la ciudad despertó en Coecke debió de ser considerable*, puesto que se quedó allí un año, durante el cual aprendió turco y realizó multitud de apuntes sobre la vida cotidiana, tanto por placer, en un carné de viajes, como para ganarse la vida. Su viuda se ocupó de publicar en 1553 diez xilografías realizadas sobre siete de aquellos dibujos en una obra titulada Las costumbres y los usos de los Turcos. De entre las escenas escogidas sobresalen las espléndidas panorámicas de Estambul, vista desde diferentes puntos, que sirven de fondo a las diversas tradiciones de los turcos como los funerales, una fiesta de circuncisión o el cortejo del sultán atravesando las ruinas del Hipódromo en uno de sus paseos.
Esta obra fue pronto conocida y tuvo un gran impacto en sucesivas generaciones de artistas, que encontraban en ella detalles de la cultura y del atuendo otomanos. Incluso Rembrandt poseía un ejemplar en su biblioteca. El propio Coecke debió utilizar, ocasionalmente en sus óleos, alguno de estos esbozos, por ejemplo para los atuendos y tocados exóticos de los Reyes Magos en Epifanías como las del Museo del Prado. Del mismo modo, una vista poco habitual del Monte Sión de Jerusalén presente en varios de sus cuadros ha permitido conocer un dato más de aquel viaje de Coecke a Oriente: en algún momento de la estancia (1533-34) o del camino hizo una escapada a Jerusalén. No sólo la perspectiva de la Ciudad Santa desde el sur era muy infrecuente, sino que, además, el Cenáculo y el Convento franciscano de Monte Sión se representan tal y como debían ser en esa fecha. Ambas cosas indican que el artista conocía la ciudad, una hipótesis confirmada con el hallazgo de un dibujo suyo, considerado hasta entonces anónimo, que muestra exactamente la misma panorámica.