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Martes, 15 de julio de 2008

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Arte / Claroscuro

La creación del primer hombre:
sincretismo cultural

Por Marta Poza Yagüe

Según una antiquísima epopeya mesopotámica, el mítico Gilgamesh fue creado por los dioses compendiando en un solo hombre todas las virtudes que les caracterizaban a cada uno de ellos de forma individual («A Gilgamesh, que tras haber sido creado, / lo hizo perfecto en su figura el poderoso dios […]. / A Gilgamesh lo crearon en su figura los grandes dioses…», Poema de Gilgamesh, tablilla I, columna I).

Ilustración. Escultura romana (ca. 180-190 d. C.): «Prometeo y Atenea crean al primer hombre» (fragmento de sarcófago) (detalle)

Escultura romana (ca. 180-190 d. C.): Prometeo y Atenea crean al primer hombre (fragmento de sarcófago) (detalle)
Mármol blanco, 60 x 104 x 14,5 cm
Núm. de inventario: E-140

Y, aunque no se nos cuenta de qué modo concreto vio la luz el héroe, sí especifica cómo, poco después, la gran diosa Aruru crea un doble para él, Enkidu, a partir de arcilla fresca: («La diosa Aruru se mojó las manos, cogió arcilla y la arrojó a la estepa. / En la estepa modeló al valiente Enkidu […], esencia del dios Ninurta», tablilla I, columna II). Pese a que la redacción más antigua que nos ha llegado es de época neoasiria, todo parece indicar que su origen debe de remontarse hasta el tercer milenio. En un ambiente geográfico y cultural semejante —recordemos el origen caldeo de Abraham—, también la Biblia nos informa de que Adán fue moldeado de barro por Dios, a su imagen y semejanza («Modeló Yavé Dios al hombre de la arcilla y le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado», Gen. 2, 7). Pero, yendo aún más allá, el mito cruzó el Mediterráneo y fue asimilado, de igual forma, por el mundo grecolatino. Podemos recurrir a Ovidio, en sus Metamorfosis, para encontrar el relato de la labor de Prometeo, como alfarero, dando vida al hombre:

Un ser más sagrado que éstos y más capaz de una mente profunda faltaba todavía y que pudiera dominar sobre lo demás: nació el hombre, al que o lo creó de semen divino el Hacedor del mundo, origen de un mundo mejor, o la tierra reciente y separada hacía poco del elevado éter retenía el semen de su pariente el cielo, a la que el vástago de Yápeto mezclándola con agua de lluvia modeló en forma de figura de dioses que lo gobiernan todo. Y mientras los demás animales miran inclinados a la tierra, dio al hombre un rostro levantado y le ordenó que mirara al cielo y levantara el rostro alto hasta las estrellas. (Metamorfosis, I, 78 y ss.).

Este último es el asunto principal de un relieve romano, parte de un antiguo sarcófago, conservado en el Museo del Prado. Trabajado en mármol, está presidido por la imagen sedente de Prometeo, cubierto por manto abierto que deja ver gran parte de su poderosa musculatura, en el momento de rematar su creación: un joven efebo, apoyado sobre pedestal, que ha modelado a partir de las bolas de arcilla que ha extraído del cesto que tiene junto a sus pies.

Este grupo principal queda flanqueado por cuatro figuras, dos a cada lado. Frente al nuevo ser, Atenea alza su mano derecha hasta rozar la cabeza del joven, sobre la que suspende una mariposa, simbolismo que ha sido interpretado por los expertos como el gesto de inspirar alma a la vida. Tras la diosa, una pequeña figura femenina alada se eleva sobre un promontorio rocoso, ambientando el episodio en un escenario natural.

En el extremo opuesto son dos ninfas las que cierran la composición, contribuyendo a acentuar la percepción bucólica de la instantánea. La más próxima a Prometeo, completamente desnuda, vierte agua de un jarro. Su compañera, ataviada con chitón y manto, se acaricia el cabello recogido por una corona vegetal.

Los relieves no son fieles a un estilo definido, sino, como han apuntado los estudiosos de la pieza, resultado de un clasicismo romano de tipo ecléctico. Mientras que la robustez de Atenea y el plegado más rígido de su manto evocan las formas del período clásico, la esbeltez y trazado curvilíneo de las ninfas, así como la mayor blandura de sus paños o la tipología de la cabeza de Prometeo están mucho más próximas al helenismo. Todo ello ha conducido a fechar el fragmento a finales del siglo ii d. C.

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