Literatura
Por Fernando Aínsa
Carlos Reyles (1868–1938) encarna el mejor ejemplo uruguayo de la transición literaria del naturalismo al modernismo. Lector infatigable, viajero que dilapidó su fortuna familiar entre España y Francia, reflejó en una vasta obra narrativa sus preocupaciones existenciales, ideológicas y sociales practicando un estilo preciosista que fue calificado de «esteticismo psicologista». Como estanciero intentó renovar los modos tradicionales de explotación agropecuaria, temática que confronta directamente en El terruño (1916), título de evocación castiza que intenta reivindicar los valores tradicionales frente al cosmopolitismo urbano.
La novela, cuya acción se sitúa en los primeros años del siglo xx, presenta un panorama de la vida rural uruguaya polarizado entre los productores rurales de prácticas arcaicas y los progresistas que favorecen la ganadería intensiva, dicotomía que condensa en los personajes arquetípicos de Ángela Céspedes, Mamagela —una enérgica mujer con los pies en la tierra, el verbo fácil y hábil explotadora del floreciente establecimiento «El Ombú»— y el caudillo Pantaleón, viejo lancero gaucho pero descuidado propietario de «Los abrojos». Mamagela es una criolla («Sancho con faldas» la llamó el crítico Alberto Zum Felde) que practica una simple filosofía existencial basada en máximas escuetas: «Estar bien con Dios, no vivir a costillas del prójimo y tener el intestino corriente», mientras Pantaleón es el representante del mundo de divisas partidarias y guerras civiles que devastaron los campos uruguayos a lo largo del siglo xix y que —según Reyles— fueron la causa directa del retraso del país.
Frente a estos personajes emblemáticos, el joven abogado Don Temistocles Pérez, Tocles, yerno de Mamagela, filosofa, divaga y propone un «vitalismo» basado en la energía y la fuerza que opone al nihilismo inspirado en Así hablaba Zaratrusta de Nietzsche. Enfermo de «irrealismo universitario», Tocles fracasa y se rinde al sentido práctico y realista de su suegra. Al final, quema sus títulos y manuscritos en el fogón doméstico donde se cuece un apetitoso estofado. No deja de ser paradójico que si bien el racionalismo idealista de este petulante intelectual es derrotado en forma grotesca, las ideas que defiende sean las que el propio Reyles proponía en sus ensayos y conferencias. Burla de sí mismo o ironía en segundo grado, El terruño prolonga en Uruguay el debate inconcluso de la literatura y el pensamiento iberoamericano entre la civilización y la barbarie, aunque en sus páginas proponga una ambigua, aunque pragmática, tercera vía.
Publicada en un período de pacificación del país, El terruño tiene un poder de evocación, más que de alegato; y sirve de pretexto para desarrollar una trama de reflexión filosófica sobre «el eco de las ansias y dolores innombrables que experimentan las almas atormentadas»; almas dispuestas a «escuchar hasta los más débiles latidos del corazón moderno, tan enfermo y gastado», según confesara su autor. Para Reyles la literatura era un arte que no podía ser indiferente a los estremecimientos e inquietudes de «la sensibilidad fin de siglo»que Julio Guzmán, protagonista de una de sus primeras novelas, El extraño (1896), había definido como«refinada y complejísima».
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