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Martes, 8 de julio de 2008

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Arte / Claroscuro

De Dios son el Oriente y el Occidente (V).
El bazar de Europa

Por Susana Calvo Capilla

David Teniers (m. 1690) fue conservador de la colección de pintura del Archiduque Leopoldo Guillermo e hizo copias de muchas de las obras que la componían. Este retrato de un Dogo veneciano — probablemente Francesco Donato (1545-1553), un cuadro atribuido a Tintoretto o a Tiziano— aparece precisamente en su obra Galería del archiduque Leopoldo Guillermo.

Ilustración. David Teniers (1610-1690): «Dogo de Venecia» (detalle)

David Teniers (1610-1690): Dogo de Venecia (detalle)
Lienzo, 22 x 17 cm Núm. de inventario: 7615

Los Dogos venecianos aparecían siempre retratados con el «corno ducal», un original tocado ceremonial que les era propio, con su túnica de brocado dorado y su manto de armiño. El Dux era elegido por el Senado de entre sus miembros (pertenecientes a las grandes familias venecianas) para regir la República de forma vitalicia. Era, asimismo, el protagonista de una antigua ceremonia llamada la Sensa o Boda de Venecia con el Mar (Sposalizio del Mar) que tenía lugar el día de la Ascensión. El Dogo atravesaba la bahía a bordo de una galera dorada llamada Bucentauro, rodeada de cientos de góndolas. En un momento del viaje, el Dogo lanzaba al agua un anillo de oro que simbolizaba la alianza matrimonial. Antes de volver al Palacio Ducal, asistía a una misa en la iglesia de San Nicolás del Lido. En los inicios era una ceremonia que proclamaba el poder de Venecia en el Norte del Adriático, pero también estaba relacionada, como no podía ser menos, con sus actividades comerciales, su principal fuente de recursos. La Sensa daba inicio a las travesías hacia Oriente de las galeras mercantes venecianas, y el anillo era una ofrenda al mar para asegurarles un buen viaje. También ese día comenzaba en la plaza de San Marcos una feria comercial que duraba quince días y atraía a miles de personas. Allí se encontraban todo tipo de mercancías procedentes de Oriente, desde especias de la India a tapices de Anatolia, pasando por fardos de seda cruda, caftanes, encuadernaciones de cuero, cerámicas de Iznik, lámparas y jarras de vidrio esmaltado... Esos días, más que nunca, Venecia se convertía en el «Bazar de Europa».

No obstante, la relación de Venecia con Oriente era ambivalente; les fascinaba su cultura y admiraban sus productos pero proclamaban también la superioridad del Occidente cristiano, como se refleja en otra famosa fiesta veneciana: el «Vuelo del Turco». Tenía lugar en Carnavales, el jueves (llamado Grasso) de la semana anterior al miércoles de Ceniza. Este espectáculo se introdujo en los carnavales venecianos a mitad del siglo xvi y consistía en las acrobacias que realizaba un funámbulo turco. Siempre andando sobre cuerdas, éste subía al campanile de San Marcos y después al balcón del Palacio Ducal, donde recitaba unos sonetos y ofrecía flores a la esposa del Dogo a cambio de unas monedas. Para acabar descendía de nuevo del Campanile, como si volara, hasta una plataforma situada en la bahía. Es posible que el espectáculo se inspirara en alguno organizado por los sultanes otomanos en Estambul, donde lo habrían visto los comerciantes y embajadores venecianos. Pero el «Vuelo del Turco» era algo más que una inocente diversión; una lectura política y simbólica ve en la mofa pública del titiritero una declaración de la superioridad veneciana sobre el Gran Turco. Con el paso de los siglos el «Vuelo del Turco» fue sustituido por el «Vuelo de la Paloma».

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