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Martes, 1 de julio de 2008

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Arte / Claroscuro

Un tema poco apropiado

Por Marta Poza Yagüe

No hay duda sino que es más glorioso y perfecto en la Virgen que no juzguemos de ella que necesita del magisterio de las puras criaturas, porque llegar exteriormente a tomar lección de su madre arguye imperfección y denota ignorancia de aquello que se la da. Pues Dios amontonó en ella, aventajadamente, todos los privilegios que esparció entre todas las criaturas; desde el primer instante de su purísima concepción tuvo perfecto uso de razón, libre albedrío y contemplación y vio la divina esencia; fuele infundida ciencia natural y sobrenatural, más que a Adán y Salomón; aumentose con la enseñanza del Espíritu Santo, lección de Escritura y experiencia; fue maestra de los Apóstoles, tuvo más perfecta ciencia de los misterios de la Trinidad y la Encarnación; tuvo don de lenguas, enseñó por escrito, fue maestra de los ángeles y aun del mesmo Cristo, como dixo San Bernardo. (Francisco Pacheco, El arte de la pintura, 1636).

La plástica religiosa del Siglo de Oro español está profundamente influenciada por las directrices dogmáticas y doctrinales emanadas del Concilio de Trento. Se trata de un arte de espíritu contrarreformista que pondrá el acento de forma especial en aquellos puntos rechazados por los protestantes, creando para ello nuevas iconografías al uso y desterrando otras, populares en muchos casos desde la Edad Media, por considerarlas erróneas y que podían conducir al fiel, no a la piedad, sino a la confusión e, incluso, a la herejía. Entre las perjudicadas se hallaba un tema bastante frecuente en el repertorio de nuestros pintores e imagineros: el de Santa Ana enseñando a leer a la Virgen.

Ilustración. Juan Carreño de Miranda (1614-1685): «Santa Ana enseñando a leer a la Virgen» (detalle)

Juan Carreño de Miranda (1614-1685): Santa Ana enseñando a leer a la Virgen (detalle)
Lienzo, 196 x 168 cm Núm. de inventario: 651

Si hacemos caso al relato bíblico, María, por intervención divina en atención a su futuro como Madre de Dios, nació llena de gracia, de bondad y de sabiduría, relación de la que se desprende que, entre otros aspectos, no era necesario que nadie le enseñase a leer porque esta era ya una de las capacidades que tenía inherentes en el momento del parto. Por lo tanto, y siempre desde el punto de vista doctrinal, su visión en un lienzo siendo instruida por su madre no era sino una falsedad que no se correspondía con la realidad. Este es el principal argumento al que recurre el gran tratadista Francisco Pacheco para desacreditarla. Aunque admite que la escena tal vez podría encontrar justificación como ejemplo de la humildad y obediencia que los hijos deben para con sus padres (la Virgen, aun sabiendo leer, no se opone al deseo de su madre de enseñarle las letras y así atiende pacientemente a sus lecciones), aconseja, no obstante, no representarla, por el cúmulo de errores que engloba.

Así, acude a los sermones de los Santos Padres para explicar cómo la carencia de esta capacidad desde el momento mismo de su concepción hubiese significado una imperfección impensable en la futura Madre del Salvador. Además, continúa, suponiendo que alguien le hubiese enseñado a leer, esta responsabilidad habría recaído en los sacerdotes y no en sus padres, puesto que fue depositada en el Templo cuando aún era una niña pequeña (y, en los cuadros, los pintores se empeñan en situar el episodio cuando es ya casi una adolescente). Y, como argumento definitivo e irrefutable, recuerda que, según fuese creciendo, los distintos conocimientos le serían inculcados directamente por el Espíritu Santo y no por los hombres. Por todo ello, insta a los artistas a abandonar su representación y a los fieles a no demandarla. Sus sugerencias no serán tenidas en consideración por autores como Carreño, de quien conserva El Prado un lienzo de estas características, posterior al tratado de Pacheco.

Contempladas por un coro angélico que revolotea sobre sus cabezas, Santa Ana, como una venerable matrona de cabeza velada, muestra con su índice a la Virgen las palabras contenidas en el libro que sostienen entre ambas. Tras ellas, un anciano San José, encorvado sobre su cayado, observa.

Lo de menos es la ambientación arquitectónica. Tan sólo una columna salomónica dando paso a un patio soleado y la soberbia alfombra arremolinada en un extremo dejando ver el estrado subyacente, nos indican que el episodio acontece en un interior. Lo mejor es la factura, con una pincelada fluida sustentada por un dibujo definido, que dota de una corporeidad casi escultórica a las imágenes, cuyo mejor ejemplo es la figura de Santa Ana, centro de la composición. Los tonos sobrios, dominando una gama oscura en la paleta, iluminados por un foco de luz situado en algún punto fuera de la escena.

Firmado por el autor, carreño, pr. reg. anno, sin que sea posible descifrar la fecha, ingresó en El Prado procedente del Museo de la Trinidad.

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