Arte / Claroscuro
Por Juan Carlos Ruiz Souza
Muchos son los inocentes que sufren en las guerras. Entre ellos también se encuentran las obras de arte, testigos mudos de la memoria colectiva, y casi siempre enemigas de la incultura y la barbarie desatada. La más rabiosa actualidad nos habla de saqueos de museos, de bombardeos e incendios de bibliotecas, de robos, de subastas de obras maestras de oscura procedencia, de colecciones enriquecidas por confiscaciones injustas en tiempos bélicos.
El retablo mayor de la parroquia toledana de San Benito Abad de Yepes también sufrió el zarpazo de la Guerra Civil Española (1936-1939). Una víctima inocente más de la incuria de un pueblo español que semihundido en la arena como un perro caminaba desorientado por las disparatadas sendas de los desastres de la guerra, de los fraticidas duelos a garrotazos y del sueño de la razón, caminos tortuosos iniciados más de cien años antes tras la invasión napoleónica tal como Francisco de Goya, testigo de excepción, supo relatar a la posterioridad en sus inmortales pinturas y grabados.
En 1616 Luis Tristán pintaba el conjunto de lienzos [de ellos, ya vimos anteriormente el titulado Santa Mónica] del retablo de la parroquia de Yepes, posiblemente la obra cumbre de este artista toledano que apenas superaba los treinta años de edad cuando llevó a cabo esta empresa. La mazonería o estructura del retablo así como las esculturas que lo exornaban fueron destruidas, mientras que las pinturas terriblemente desgarradas, pudieron librarse de sus verdugos, y la clemencia misericorde de unos «camilleros» defensores del patrimonio permitió que fueran trasladadas agonizantes, como el albañil herido, al heroico Museo del Prado, referente moral de toda una sociedad que estuvo a punto de perder el corazón de su histórico pasado.
Allí fueron restauradas en plena guerra por el equipo de restauradores que permaneció al pie del cañón en tal difíciles momentos, al igual que los médicos de un hospital de campaña que deben operar y salvar a sus pacientes con más esfuerzo y empeño que medios. Allí fueron curadas de sus mortales navajazos las seis grandes escenas del retablo (Adoración de los Pastores, Adoración los Reyes, Flagelación, Camino del Calvario, Resurrección y Ascensión), así como de ocho más pequeñas que representaban medias figuras de santos. En 1942 los lienzos regresaron de su destierro a Yepes donde fueron instalados en un nuevo retablo. Dos de los cuadros pequeños, una Santa Mónica y una Santa Llorosa, quedaron para siempre en El Prado, como testigos de todo lo sucedido. Ni el Coloso, ni las Parcas, ni el Saturno, ni el Gran Cabrón de Goya pudieron salirse con la suya a pesar de su empeño de mantear a España como a un Pelele.