Arte / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
De Dios son el Oriente y el Occidente
(Corán, 2, 142)
El orientalismo que impregnó la pintura veneciana desde la segunda mitad del siglo xv tenía su origen en los intensos contactos, diplomáticos y comerciales, que mantenía la República Serenísima con Oriente. Esas relaciones incesantes hicieron de los venecianos los mejores y más profundos conocedores del oriente islámico en toda Europa. Mientras que el resto del continente metía en el mismo saco a todos los «infieles musulmanes» (fueran mamelucos, otomanos, turcomanos o jázaros) los pintores venecianos eran capaces de hacer sutiles distinciones entre las túnicas o los turbantes de los personajes según su rango y procedencia, e integrarlos en un escenario convincentemente oriental. La presencia en el arte veneciano de un «exotismo» sólo islámico, a diferencia de lo que sucedía en otros ámbitos europeos, evidencia dos cosas: que tenían a su disposición numerosas y fiables fuentes de información, y que mostraban un interés por esa cultura insólito por esas fechas en el resto de Europa.

Paolo Caliari, Veronés (1528-1588): Jesús entre los doctores (detalle)
Lienzo: 236 x 430 cm
Núm. de inventario: 491
Es cierto que la atracción era sobre todo comercial, pero gracias a ella se logró algo que aún hoy, por desgracia, nos resulta a veces imposible: el conocimiento mutuo entre culturas. Una de las consecuencias más duraderas y determinantes de esos contactos fue la fascinación por los productos de lujo salidos de los talleres orientales: telas, tapices, cordobanes, objetos de metal o de vidrio, muebles... que inundaron las casas venecianas y, después, los mercados europeos. Pero el intercambio comercial y cultural era de ida y vuelta, y la elite otomana, siguiendo una moda «occidentalizante», consumía relojes alemanes, paños flamencos o sedas venecianas. En efecto, ambas partes perseguían un beneficio económico, pero fueron asimismo capaces de obviar el constante enfrentamiento entre Otomanos y Europeos, de marcado carácter religioso, en aras de un fructífero entendimiento que permitía a los marchantes venecianos libertad de movimientos en los mercados orientales y, a los mercaderes turcos, pasear por los canales de la Serenísima. Un ejemplo de su actitud es que tras la Batalla de Lepanto (1571), en la que se vio obligada a participar junto con la coalición católica, Venecia abandonó la Liga Santa y firmó un pacto secreto con Selim II para conservar sus privilegios comerciales en Oriente. En pocas ocasiones se ausentó de Estambul el baili o embajador veneciano ante la Sublime Puerta.
Carece el Museo del Prado de cuadros de los principales protagonistas del orientalismo veneciano: la familia Bellini, con Gentile (m. 1507) a la cabeza, Giovanni Mansueti (m. ca.1526) o Vitore Carpaccio (m. 1526), al contrario que de la generación siguiente, de los pintores que dieron nombre a la «Escuela Veneciana»: Tiziano, El Veronés y Tintoretto. Comparados con los anteriores, en sus cuadros la presencia de elementos islámicos ha pasado a ser casi anecdótica; sin embargo, ninguno de ellos pudo sustraerse a ese influjo, sobre todo el Veronés que, al igual que habían hecho sus predecesores, pobló las escenas religiosas de personajes ataviados con turbantes y caftanes. El escenario escogido en este lienzo, pintado en 1548, es oriental pero no del siglo i d. C. sino contemporáneo: del siglo xvi son el edificio, una rotonda clasicista, y los atuendos de los doctores que debaten con Cristo, muchos vestidos «a la turca».