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Martes, 11 de julio de 2006

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ARTE / Claroscuro

Las exposiciones nacionales y la crítica de arte en España

Por Marta Poza Yagüe

«Para gustos están los colores», afirma una conocida expresión popular. Si hay un ámbito en el que la sentencia puede aplicarse en toda la amplitud de su significado, ese es el mundo de la crítica artística, fenómeno que adquiere un desarrollo inusitado entre los círculos intelectuales de la España decimonónica. Con independencia de la pericia de sus autores o de sus cualidades técnicas y compositivas, la fortuna de muchas de nuestras obras de arte del período estuvo determinada por el juicio favorable —o adverso— que pudieron emitir sobre ellas ciertos personajes que, en muchos casos ajenos por su profesión a la práctica de las Bellas Artes, se erigieron en conocedores de la materia y, por lo tanto, en responsables de la formación del gusto estético de sus conciudadanos. Si a ellos les agradaba, pregonaban a los cuatro vientos que una obra «era buena» y digna de ser contemplada; si al contrario, por cualquier razón les disgustaba, podían convertirse en el peor azote de su autor e, incluso, en causa de su ruina (pocos clientes potenciales se atreverían a encargar un retrato a un pintor que había sido menospreciado por esta nueva clase de expertos).

Sirvan a modo de ejemplo las duras palabras que dirigió Isidoro Fernández Flórez, un conocido crítico de la segunda mitad del siglo xix, al lienzo presentado por Manuel García, Hispaleto, en la Exposición Nacional de 1884: «Hispaleto, con su composición del Quijote, es agrio de color, compone con falta de gusto, y no ha dado nobleza a la figura del famoso hidalgo manchego».

El cuadro en cuestión recoge uno de los episodios más conocidos de la famosa novela cervantina, desarrollado a lo largo de los capítulos XXXVII y XXXVIII de la primera parte, concretamente el momento en el que el hidalgo ilustra a sus compañeros de mesa sobre la primacía del arte caballeresco. Si bien es cierto que no estamos ante lo mejor de la producción del pintor sevillano, tampoco es admisible el severo juicio reseñado.

Hispaleto sí consigue resolver satisfactoriamente la compleja situación de disponer un elevado número de personajes sentados a una mesa (tal y como refiere el texto), sin que ninguno de ellos se presente completamente de espaldas al espectador. En posición frontal unos, girados en distinto grado los situados en primer término, de todos podemos advertir, aunque sea mínimamente, algún rasgo significativo de su rostro. Este hecho, unido al preciosismo con el que el pintor se ha esforzado en reproducir todos y cada uno de los detalles que ambientan la escena, nos permite reconocer sin dificultad las identidades de los efigiados: Quijote y Sancho, según sus iconografías características, de pie junto a la cabecera de la mesa; a su derecha, Dorotea y Cardenio con nobles ropas; junto a ellos, Zoraida con la cara enmarcada por un velo ribeteado de monedas a la manera morisca y el cura con las gafas colocadas en la frente; en la cabecera opuesta, el barbero junto al cautivo tocado con un pintoresco turbante; cerrando la composición, Luscinda con hábito blanco y velo como si se tratase de una novicia y don Fernando, con espada, jubón de terciopelo ricamente bordado en oro, calzas y altas botas de caballero.

Lejos del agrio color esgrimido por Fernández Flórez, el cromatismo es rico y contrastado, brillante incluso en algunos detalles de indumentaria, mientras que la instantánea, ambientada en el interior de una de las estancias de la venta de Juan Palomeque, está correctamente iluminada por una luz artificial que incide especialmente en las telas blancas del hábito de Luscinda y en el metal de la coraza del hidalgo.

A pesar de todo, no sabemos si como consecuencia de las palabras del crítico o porque realmente tampoco gustó al jurado, lo cierto es que con él el pintor no recibió ningún premio en la Exposición Nacional de 1884, cuando sí había sido ampliamente galardonado en otras ediciones (mención honorífica en 1860, terceras medallas en 1862 y 1867 y condecoraciones en 1871 y 1878).

Como García Hispaleto, son muchos los artistas que concurren de forma reiterada a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes. En unos momentos en los que el patrocinio tradicional de Iglesia y Monarquía comienza a decaer, estos certámenes, de carácter oficial, fueron el medio de promoción más efectivo con el que contaron los nuevos talentos para darse a conocer. Con una periodicidad bienal en sus comienzos y trienal durante períodos políticos concretos, se celebraron un total de diecisiete durante el siglo xix (la primera en 1856 y la última en 1899). Siguiendo la moda de los salones franceses, su exposición era pública, convirtiéndose su visita en una de las actividades más valoradas por la naciente burguesía madrileña. Este hecho, junto a las críticas publicadas en los diferentes diarios del momento, fueron factores fundamentales que contribuyeron a la conformación del gusto estético de la sociedad culta de la época.

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