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Martes, 4 de julio de 2006

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Literatura

Misteriosa Buenos Aires

Por Llanos Navarro García

De sobra es conocido el gusto de Mujica Lainez por la Historia como materia para sus ficciones. La personalísima pluma de este escritor argentino lo aleja, sin embargo, de cualquier moda reciente. Su manera de articular sus relatos en función de los hechos que desea recrear (o la elección de los mismos ajustándose a la naturaleza de la obra) delatan la búsqueda de pequeñas historias que debieron perderse en la memoria de la Historia, pero no en el sentido unamuniano, pues al autor de Bomarzo le seducen también los grandes momentos. Más bien es un intento de abolir las distancias temporales y espaciales, proporcionando al lector la posibilidad de contemplar determinados acontecimientos en el contexto humano, real y cotidiano en el que sucederían. No importa tanto el hecho como la multitud de acciones, reacciones, sentimientos y anécdotas que forjaron el contexto humano, a veces intrascendente, en el que se produjo. La intención de retratar en los cuarenta y dos cuentos que constituyen este libro, la trayectoria de Buenos Aires desde su fundación se somete siempre a los imperativos de la creación literaria. No obstante, pese a la disparidad en la relación entre la anécdota narrada y el hecho histórico mencionado en cada uno (muy sólida, por ejemplo en El hambre, El primer poeta o La fundadora, mucho más sutil en La jaula o Las ropas del maestro), cada uno de estos relatos nos acerca de distinta manera al carácter y la cultura de la ciudad bonaerense, y a Argentina. Pero esta voluntad de mostrar la gestación de la gran ciudad rioplatense se hace en todo momento compatible con la adopción por parte del escritor de su rol irrenunciable de creador de ficciones, de modo que lo fantástico se mezclará con lo rigurosamente documentado en perfecta armonía. Los elementos mágicos serán de diversa naturaleza: desde un remedio contra el encantamiento del rey, hasta el personaje de una sirena, pasando por la intervención de San Martín para someter al río o la presencia de las ánimas vengadoras. A veces se percibe la influencia del cuento tradicional (El espejo desordenado), otras, la literatura medieval (la Muerte como personaje en El hombrecito del azulejo).

Es una obviedad decir que algunos de estos cuentos son piezas magistrales del género en el que se incluyen, pues han sido dotados de la estructura más cuidada, el lenguaje más conciso, bello y eficaz, y los personajes más sucinta y eficientemente elaborados para proporcionar breves placeres asociados a diferentes emociones: cierto pavor acompaña la lectura de «El hambre»; inconformismo ante la crueldad «La pulsera de cascabeles», «El imaginero», «La casa cerrada»; indudable tristeza, «El amigo» o «La enamorada del pequeño dragón», y, entre otras muchas cosas, complacencia ante el homenaje rendido al Quijote, más seductor que el amor en «El libro», presente también, sin duda, en la creación de los demasiado antitéticos personajes de «La ciudad encantada».

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