Lengua / Etimologías
Por Arturo Montenegro
Supongamos que, a consecuencia de alguna incómoda amnesia, cayera en el olvido casi toda nuestra memoria musical: una memoria compuesta de óperas y fáciles estribillos, de sinfonías y ritmos veraniegos. Vayamos aún más lejos en la suposición, e imaginemos cuál sería la última tonada en desaparecer de nuestros recuerdos. Es muy probable que esa armonía final, por una especie de fatalismo nostálgico, fuese una nana; una de aquéllas que nuestra madre repetía cuando las sombras cubrían la habitación y el sueño era un signo de buen augurio.
Existen connotaciones muy intensas en la palabra nana que contribuyen a complicar su etimología. En la cuarta edición del Diccionario de la lengua castellana compuesto por la Real Academia, reducido a un tomo para su más fácil uso (1803) leemos que nana es «Mujer casada, madre». Décadas más tarde, en la duodécima edición del Diccionario de la Lengua castellana (1884), la RAE deriva nana del italiano nanna, y destaca dos acepciones: «Mujer casada, madre» y «Abuela». En tercer lugar, añade el significado que aquí nos interesa: «En algunas partes, canto con que se arrulla a los niños».
¿Por qué llamamos nana a este canto dormitivo? Al decir de algunos especialistas, dicho vocablo tiene una obvia cualidad onomatopéyica. En relación con la música vocal, esta característica parece aún más evidente. Decía Rodrigo Caro en sus Días geniales o lúdicros (1626) que los cantares de las madres repiten cadencias como nina, nina y lala, lala. Esa dulce canción de cuna que los canarios llaman arrorró parte del mismo principio, explicado en 1611 por Sebastián de Covarrubias. Con tranquila disposición, decía el sabio, hay que «adormecer el niño con cantarle algún sonecito, repitiendo esta palabra: ro, ro».
Disconforme con estas explicaciones, Joan Corominas describió la palabra nana como una derivación de las voces latinas nonnus, nonna, con las cuales se designaba a los abuelos y a los niñeros. Partiendo de esta misma raíz, los italianos llaman a las canciones de cuna ninna-nanna. De hecho, en la Italia medieval existía la voz ninnare, con la cual se aludía al acto de arrullar a los pequeños con el fin de predisponerlos al sueño.
Un cuidadoso especialista de quien hemos obtenido parte de las informaciones previas, José Manuel Pedrosa, atiende a estas cuestiones filológicas, reúne fuentes de autoridad y pone luego el énfasis en el valor literario de las nanas. Entre los autores de este tipo de composición que figuran en su estudio destacan Lope de Vega, Federico García Lorca y Miguel Hernández. Sin duda, en los versos de todos ellos prevalece ese hermoso ideal de cariño que, entendiéndolo debidamente, convierte a la nana en una de las grandes revelaciones poéticas de nuestra primera infancia.