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Armando Discépolo


Jueves, 28 de julio de 2005


Por Santiago Sylvester

Los hermanos Discépolo, Armando y Enrique Santos, forman parte de la mitología tanguera del Río de la Plata. Les tocó vivir un período fundamental de la consolidación de la canción de Buenos Aires, que coincidió (o que fue su consecuencia) con la llegada de los inmigrantes que llenaron el país, pero sobre todo Buenos Aires, en las primeras décadas de siglo XX.

El tango cuenta, por la vía de las historias tristes (exactamente, historias de tango) las consecuencias de aquellos años: desarraigo para unos, desconcierto para otros.

La obra Amanda y Eduardo, de Armando Discépolo cuenta, precisamente, una historia de tango. Ese teatro costumbrista, que retrataba un aspecto de la sociedad porteña de los años treinta, era una especie de ilustración de lo que ya se cantaba en el arrabal. El sainete, el grotesco criollo, tenía un buen reflejo en los tangos que por entonces escribía su hermano Enrique Santos Discépolo, conocido como Discepolín: «Chorra», «Malevaje», «Cafetín de Buenos Aires», «Uno», «Cambalache», y la lista sigue.

La historia que cuenta esta obra tiene todos los elementos del cuadro de costumbres. Narra la historia de Amanda, una linda mujer de 26 años, que es «la mantenida» de un estanciero mucho mayor. Todo iba bien (hasta donde es posible decir esto sin ser un canalla) cuando sucede lo inesperado: aparece el amor. Amanda se enamora de un hombre joven, poeta y pobre. Y lo que sucede (como en el tango) es un desastre. El estanciero, comprensivo pero hombre al fin, se aparta y deja de mantenerla; y Amanda entra en una barranca peligrosa, contada desde un naturalismo que hace recordar a Emile Zola. De la rápida caída, resulta que Amanda tiene que aceptar a un nuevo amante rico, mucho más desagradable que el estanciero.

El libreto, para decirlo con sinceridad, es bastante defectuoso, y peca de ingenuo: un pecado casi mortal en arte. Pero siempre hay un rincón en el corazón de Buenos Aires para volver a ver estas obras fuertemente sentimentales que están en la base misma de su identidad.

Armando Discépolo es un indiscutible: seguramente toca (o tocó en el momento justo) una cuerda sensible del alma porteña. Nació en 1887 y murió en 1971; su padre era un músico napolitano que dirigió la Banda Municipal de Vigilantes y Bomberos de Buenos Aires; y las historias de inmigrantes que contó, según lo dijo él mismo, las escuchó en su casa.

Amanda y Eduardo, fue estrenada en Barcelona en 1931, y con toda seguridad mostraba una historia bastante difundida en la sociedad de la época: no en vano la figura de «la mantenida» está, con igual éxito, contada por el tango rioplatense, el cuplé español, y la música canalla de los apaches parisinos. Además, está repetida como un calco en todas las revistas, en el teatro bufo, y (según el caso) también en el teatro dramático de la época.

 


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