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Martes, 26 de julio de 2005

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ARTE / Claroscuro

Una anciana piadosa, II

Por Susana Calvo Capilla

Según el tratado de Césare Ripa (siglo xvii), ciertas virtudes y algunas alegorías relacionadas con la sabiduría o las artes se representaban bajo la forma de mujeres jóvenes, como por ejemplo, la Arquitectura, la Elocuencia, la Comedia, la Doctrina, además, claro está, de la Belleza y el Amor. Por su parte, la Fe, la Ley, la Medicina, la Riqueza o la Melancolía eran encarnadas por mujeres maduras. Sin embargo, los estereotipos más extendidos durante la Baja Edad Media y la Edad Moderna asociaban a la mujer anciana toda clase de vicios y pecados (la avaricia, la calumnia o la envidia, entre otras), como ya dijimos en esta sección.

En el terreno positivo, durante el Renacimiento y el Barroco sobresalen los retratos, un género que se constituye como tal en ese momento. Una parte importante de los retratados eran personas ancianas, a quienes, por lo general, los pintores trataron de manera respetuosa. En ese sentido, las mujeres, al igual que los hombres, suelen conservar su nobleza y dignidad, a pesar de mostrar en sus rostros los estragos físicos de la edad.

Asimismo, destacan las mujeres pintadas por los llamados «primitivos flamencos» y por los pintores barrocos holandeses, que se alejaron del neoplatonismo italiano y las mostraron de manera más realista y afable, en ambientes domésticos y actitudes espontáneas, dedicadas a tareas cotidianas o íntimas. Las mujeres de Memling o de Robert Campin, o después de Veermer y de Rembrandt, ya sean retratos o estén en el papel de personajes sagrados, dan la impresión de guardar un secreto insondable, aparecen ensimismadas en sus pensamientos, impenetrables y poéticas, irremediablemente atractivas.

Tampoco hemos de olvidar las templadas matronas romanas de Miguel Ángel, mujeres corpulentas en su serena madurez, o las mujeres de Velázquez, como esa digna Vieja friendo huevos. Excepcional es asimismo la anciana pintada por Luis Tristán (ca. 1585- Toledo 1624) que hoy vemos. Este pintor toledano se formó primero con el Greco y después viajó a Italia. La obra muestra a una devota vieja ataviada con una toca, con el rostro arrugado y expresión angustiada. Se tienen dudas sobre su identidad pero todo parece indicar que es un retrato. Aunque solía achacarse a las viejas una beatería falsa, Tristán la trata con sumo respeto. En este sentido, no nos resistimos a citar un divertido pasaje del Buscón de Quevedo que alude a ello:

Metió en casa la vieja por ama, para que guisase de comer y sirviese a los pupilos y despidió al criado porque le halló un viernes a la mañana con unas migajas de pan en la ropilla. Lo que pasamos con la vieja, Dios lo sabe. Era tan sorda que no oía nada; entendía por señas; ciega, y tan gran rezadora que un día se le desensartó el rosario sobre la olla y nos la trujo con el caldo más devoto que he comido. Unos decían: —«¡Garbanzos negros! Sin duda son de Etiopía». Otro decía: —«¡Garbanzos con luto! ¿Quién se les habrá muerto?».

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