ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
La belleza reside, no en la proporción de los elementos constituyentes, sino en la proporcionalidad de las partes, como entre un dedo y otro dedo, y entre todos los dedos y el metacarpo, entre el carpo y el antebrazo y entre el antebrazo y el brazo, en realidad entre todas las partes entre sí, como está escrito en el Canon de Polícleto. Para enseñarnos en un tratado toda la proporción del cuerpo, Polícleto apoyó su teoría en una obra, haciendo la estatua de un hombre de acuerdo con los principios de su tratado y llamó a la estatua, como el tratado, Canon.
Galeno, De temperamentis
Este juicio estético, que nos pone sobre la pista de un estudio sobre proporciones y medidas escrito por Polícleto y hoy desaparecido, responde a la opinión de alguien tan ajeno —en principio— al ambiente artístico como fue Galeno, el célebre médico griego de fines del siglo ii d. C. que llegó a convertirse en el físico oficial de la corte imperial romana. Sin embargo, la comparación artística se convierte en sus manos en el mejor argumento para hacer comprender que, del mismo modo que en la escultura no es posible la belleza sin el equilibrio mensurado de cada una de las partes entre sí y, a la vez, de todas ellas en su conjunto, desde el punto de vista anatómico tampoco se contempla la buena salud del cuerpo si no es como el resultado preciso de la proporción armónica de todos los elementos que lo integran.
Polícleto de Sición, afamado escultor de la segunda mitad del siglo v a. C. y uno de los máximos representantes del clasicismo heleno, debió de formarse como broncista en su Argos natal. Es posible que aún aquí, y antes de trasladarse a Atenas con el fin de colaborar en los trabajos que entonces se estaban llevando a cabo en la Acrópolis, redactara el mencionado tratado que nos es conocido sólo por las fuentes. Tal vez influido por el pensamiento geométrico de los pitagóricos y sus estudios sobre las armonías musicales y celestes, fijó por escrito un canon aplicable a la estatuaria en el que el módulo de referencia era la medida de la cabeza humana. Como ejemplo práctico, fundió por los mismos años la escultura de un joven lancero a la que aplicó su sistema de cálculo proporcional, el Doríforo, denominado también por ello Kanon al igual que el texto teórico, en el que los artistas «buscan como en una especie de código las líneas de su arte» (Plinio el Viejo, Historia Natural).
Los mismos supuestos se perciben en otra obra suya, el Diadúmeno, realizada ya hacia el final de su carrera y de la que expone una copia de época romana el Museo del Prado. Descrita por Plinio como «figura de un hombre joven, aún no totalmente formado, que se hizo célebre por su precio de 100 talentos», retrata el instante en el que el protagonista trata de atarse una diadema en torno a la cabeza. Desnudo, lo que posibilita al escultor demostrar su pericia en la representación anatómica, reposa todo el peso del cuerpo sobre una de las piernas mientras que retrasa ligeramente la otra, apoyada únicamente en los dedos del pie, basculando la cadera. El movimiento descendente de la cabeza, inclinada hacia el hombro contrario, termina de dotar al cuerpo de un elegante balanceo.
En la escultura original, ambos brazos se elevaban simétricamente tensando los extremos de la cinta que rodeaba la cabeza. Por un error, debido posiblemente a la temprana pérdida de la aplicación de la lámina de bronce que representaría esta diadema, el restaurador barroco que reparó la estatua en Roma colocó un nuevo brazo derecho completamente extendido hacia el frente, en actitud propia de tensar un arco, restando al conjunto parte de su dinamismo primigenio. Aún así, nadie puede negarle la belleza que le confieren sus proporciones armónicas y la suavidad de líneas.
Propiedad de la reina Cristina de Suecia en su palacio romano, fue adquirida con posterioridad por Felipe V con destino a la decoración de los jardines de La Granja de San Ildefonso. Allí, y durante un tiempo, su identidad fue confundida con la del cazador Meleagro.