ARTE / Claroscuro
Por Marta Poza Yagüe
Al sur de la costa occidental de la península de Anatolia, frente a la isla de Rodas, se localizaba antaño la ciudad de Cnido o Gnido, célebre por haber sido la propietaria de una de las esculturas más bellas jamás creadas. Si hacemos caso de una opinión acreditada como la de Plinio el Viejo, la talla, una Afrodita nacida de los cinceles de Praxíteles, fue la mejor obra, no sólo de su autor, «sino de todo el orbe de las tierras»; cuya fama, además, convirtió a Cnido en una especie de centro de peregrinación al que se dirigieron las gentes de la época con el único fin de contemplarla. Hasta qué punto se sintieron orgullosos de ella los ciudadanos cnidios son testimonio, tanto el hecho de que la eligieran como la imagen representativa de sus monedas, como el que, acuciados por las deudas, se negaran a vendérsela a un soberano vecino, el rey Nicomedes de Bitinia, a cambio de una ingente cantidad de dinero que hubiera saneado su precaria economía.
Son precisamente los grabados de estas monedas, así como algunas copias romanas conservadas, los que nos permiten conocer cómo sería la estatua en origen. Desnuda, aunque cubriéndose púdicamente el pubis con la mano derecha, muestra el instante en el que la diosa se dispone a darse un baño. Para ello emplearía el agua contenida en una gran hidria dispuesta junto a su pierna izquierda, extremidad que aparece ligeramente flexionada y retrasada respecto a la contraria, en la que carga todo el peso del cuerpo, provocando ese desequilibrio en la cadera tan característico de las obras del escultor griego, conocido como curva praxitélica. Sobre el recipiente, acentuando la elegancia de la composición, cae la túnica que le ha servido de vestido formando menudos pliegues. Se sabe que estaba policromada y que el pelo era rubio. Su contemplación, en un templete abierto que permitía la visión desde cualquier ángulo, debió de trastornar a más de uno si hacemos caso del lúbrico suceso que nos transmite el citado historiador romano. Según nos narra en su Historia Natural, «dicen que uno, que se había enamorado de ella, se escondió durante la noche y la abrazó fuertemente y la mancha dejada sobre ella fue el indicio de su pasión».
Anécdotas aparte, de todo el conjunto destaca por su belleza serena la cabeza. Ligeramente inclinada, sus facciones son suaves y bien perfiladas; los ojos parecen mirar a un punto indefinido en la lejanía; y el cabello, recogido en la parte posterior en un moño, enmarca el óvalo del rostro con unos menudos rizos que parten de raya central. De esta perfección facial se hizo ya eco, a mediados del siglo ii d. C., el retórico y filósofo griego Luciano de Samósata quien, en su tratado titulado Las imágenes, nos describe cuál sería a su juicio la estatua ideal. Valorando la corrección de sus medidas («y ¿cuál será su estatura según la proporción de su edad? ¡Será exactamente como la de Gnido, para que resulte conforme al canon de Praxíteles!»), al referirse a la parte superior afirma: «De la que está en Gnidos tomará la elocuencia solamente la cabeza, porque como el resto del cuerpo lo tiene desnudo, no lo necesitamos en este momento. Dejará que tenga, como aquélla, la cabellera, frente y cejas con la perfección que les puso Praxíteles, y lo mismo la movilidad de los ojos y su alegre gracia, tal como las quiso el artista, se las conservará».
Es fácil coincidir con su criterio contemplando la copia de la cabeza que conserva el Museo del Prado, pese a los ligeros desperfectos que presenta a causa del paso del tiempo. Procedente de las Colecciones Reales, fue ensalzada por Mengs a mediados del siglo xviii, quien la localiza entonces en el Palacio Real de Madrid.