ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
La reina Isabel I de Castilla nació el 22 de abril de 1451 en Madrigal de las Altas Torres (Ávila) y murió el 26 de noviembre de 1504 en Medina del Campo (Valladolid). Su protagonismo en el gobierno de Castilla fue destacado por sus contemporáneos y así lo manifiesta Andrea Navagero, embajador veneciano en su visita a España en 1526: «Fue rara y virtuosísima mujer, de la cual en toda España universalmente se habla mucho más que del rey, aunque él también fue prudentísimo y raro en su tiempo».
Se conservan numerosos retratos de la reina Isabel y de la familia real. A lo largo del siglo xv se desarrolló un nuevo tipo de retrato áulico que daba absoluto protagonismo al personaje, un signo de los nuevos aires humanistas. Estas imágenes tenían una importante función política y diplomática (alianzas matrimoniales), de ahí que fueran llamados a la corte de Castilla dos pintores, Michael Sittow en 1492 y Juan de Flandes en 1496, a quienes se atribuyen varios retratos de los soberanos y de sus hijos.
Los retratos de Isabel la Católica muestran diversas facetas de su personalidad. Uno de los rasgos que más celebraron sus contemporáneos fue su fortaleza de varón y su carácter enérgico.
O alta fama viril
de dueña maravillosa
que el estado feminil
hiso fuerça varonil
con cabtela virtuosa.(Versos del franciscano Íñigo de Mendoza)
En obras tan emblemáticas como el retablo de la Capilla Real de Granada, donde fue enterrada, o en la sillería del coro de la catedral de Toledo, con escenas de la conquista de Granada, aparece una reina a caballo en plena campaña militar.
Por otra parte, Isabel había recibido una esmerada educación: «hablaba muy bien, entendía cualquier habla o escritura latina», según su cronista Hernando del Pulgar. Reunió una rica biblioteca e impulsó la difusión, y posterior control, de la imprenta en España. En los frontispicios de algunos libros impresos por iniciativa suya suele aparecer su retrato, sola o en compañía del rey Fernando recibiendo un ejemplar.
Que la reina era una gran amante del lujo lo demuestran sus fabulosos gastos en joyas, brocados y vestidos de seda, tapices, libros miniados... Los que la conocieron, como el embajador veneciano Marin Sanudo, hablan de la riqueza de su atuendo: «iba vestita molto richamente in habito quasi a la francese». Frente a las críticas por ese derroche en mujer tan «honestísima, casta, devota, discreta, cristianísima...» (en palabras de su cronista Andrés Bernáldez), del Pulgar se veía obligado a justificarla alegando que esos gastos necesarios a su condición y nunca pompa excesiva.
En el retrato anónimo que conserva el Museo del Prado, al igual que en la ya comentada tabla de la Virgen de los Reyes Católicos (ca. 1490), la reina aparece vestida con sus mejores galas: brial de brocado con generoso escote, fina camisa blanca y un precioso joyel, éste algo más sencillo que los que luce en los retratos del Palacio Real y del Palacio del Pardo, con la cruz de Santiago. Precisamente estos tres retratos son los que parecen reflejar más fielmente la verdadera fisonomía de Isabel la Católica.
No obstante, la reina, que no en vano ostentaba el título de Católica, concedido por el papa Alejandro VI en 1496, casi siempre es representada en oración, devotamente arrodillada ante la Virgen (como en la citada Virgen de los Reyes Católicos), ante un misal o incluso formando parte de una escena sagrada (por ejemplo en la Multiplicación de los Panes y los Peces del Políptico de Isabel la Católica de Juan de Flandes en el Palacio Real de Madrid).