ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Es curioso comprobar hasta qué punto las artes plásticas han influido en nuestra visión y comprensión de la Antigüedad clásica. A ellas se han unido en fechas recientes las novelas históricas y las películas, medios más acordes con los nuevos tiempos pero que también deben mucho a la pintura y a la escultura. El cristianismo ha desempeñado un papel fundamental en este contexto, ya que ha sido durante mucho tiempo el tamiz, formal e ideológico, por el que han pasado algunos capítulos de la historia de Roma, sobre todo el correspondiente al siglo i de nuestra era.
Las representaciones de diversos pasajes de la vida de Jesús a menudo han sido tomadas por el cine como punto de partida y de referencia, además de las fuentes históricas, religiosas o literarias. Películas tan famosas como Espartaco, La túnica sagrada, Ben-Hur, Quo Vadis? o Barrabás están basadas en novelas históricas aunque muchos detalles e incluso la selección de los actores se inspiraron en obras plásticas, como recoge Jon Solomon. Ejemplo de ello es la impresionante escena de la última cena de Quo Vadis? (1951), tomada al pie de la letra del gran fresco de Leonardo da Vinci. O la cruz en forma de T que porta Cristo en Ben-Hur (1959), cuyo modelo iconográfico encontramos en pintores primitivos flamencos como El Bosco o Louis Alimbrot (Tríptico del Museo del Prado). O bien el hecho de que Cecil B. DeMille escogiera a Charlton Heston para el papel de Moisés en Los Diez Mandamientos (1956) por su parecido físico con el Moisés de Miguel Ángel.
No obstante, hay una diferencia fundamental entre el cine y la pintura. Frente a la pretensión arqueológica del cine, pintores como Paolo Veronés buscaban dar verosimilitud y emoción a las escenas sagradas. Así, mientras que este maestro veneciano copió las armaduras y los atuendos del siglo xvi para vestir a los protagonistas de este «Cristo y el Centurión», en las películas de romanos se acude a fuentes de primera mano y contemporáneas de los hechos, los mosaicos, la escultura clásica, las pinturas pompeyanas o la cerámica, para dar una imagen más o menos fidedigna de aquella sociedad. William Wyler quiso que su Ben-Hur fuese históricamente irreprochable y en la famosa carrera de cuadrigas, sin duda uno de los decorados más caros de la historia del cine, desde los delfines del marcador de vueltas hasta la espina del circo, pasando por los arreos de las cuadrigas, tienen su modelo en imágenes de la antigua Roma.
En el cuadro del Veronés, por el contrario, el marco arquitectónico del milagro de Cristo en Cafarnaún (pintado hacia 1570) se inspira en las villas de Palladio, al igual que muchas otras de sus impactantes escenografías, uno de los rasgos más característicos de este pintor. Los artistas de la Edad Media y Moderna, en su pretensión de acercar las escenas sagradas a los fieles, llegaban incluso a retratar a personas famosas o de su entorno en el papel de los personajes bíblicos. El Veronés no hace sino reflejar en sus lienzos la opulenta sociedad veneciana de su tiempo (no falta en el cuadro el esclavo negro, ataviado con un turbante, un personaje habitual en las grandes casas venecianas).