ARTE / Claroscuro
Por Susana Calvo Capilla
Decía Julio Caro Baroja que el Greco y Toledo se ajustan y complementan, que el Greco era un español de Toledo. Estas dos frases resumen a la perfección la sintonía que existió entre el pintor griego y la ciudad manchega. Domenikos Theotocopoulos nació en Candía, capital de la isla de Creta, en 1540 ó 1541. En 1577, el Greco llega a Toledo y allí permanece hasta su muerte, el 7 de abril de 1614. A su muerte quedaron en el taller, entre sus pertenencias, tres vistas de la ciudad. Son paisajes que tienen algo de irreal, la ciudad bajo un generoso aguacero, con una luminosidad inquietante. Esas vistas expresan, a la manera tan particular del pintor, su admiración por la magnífica estampa de Toledo, por su relieve quebrado y rebelde, afilado por las aguas del Tajo.
El Greco llegó a Toledo para pintar varios lienzos en el retablo del Monasterio de Santo Domingo el Antiguo. Poco después contrató para la catedral el Expolio y comenzó a crearse una amplia clientela. Aunque todavía no hablaba español (se entendía en italiano), el Greco debió de ver expectativas alentadoras en una ciudad que por entonces estaba en plena transformación y decidió instalarse de forma definitiva. Desde el momento en que Carlos V la convirtió en corte imperial, Toledo había crecido mucho; allí llegaban gentes para buscar trabajo en su floreciente industria y en su comercio, enfermos e indigentes, que buscaban refugio y protección en sus recién fundados hospitales, eclesiásticos atraídos por el gran número de conventos. Se modernizaron las ordenanzas municipales y poco a poco la vieja ciudad medieval comenzó a transformarse en una ciudad moderna, renacentista.
Entre 1586 y 1588 el cretense realiza su obra emblemática, El entierro del conde de Orgaz, lo que afianza su prestigio en la ciudad. Por esas fechas alquila tres moradas de una casa del marqués de Villena, próxima a la Sinagoga del Tránsito (cerca de donde hoy se halla la casa-museo). En ellas tenía su amplio taller con ayudantes, una verdadera tienda según expresión de la época. Recibía encargos de retratos tanto de amigos como de destacadas personalidades de Toledo, eclesiásticos, humanistas, poetas, médicos... muchos de ellos de su círculo de amistades. Como Antonio de Covarrubias (hijo del arquitecto Alonso de Covarrubias), helenista y canónigo, su mecenas y gran amigo, con quien discutía en griego. O el doctor Rodrigo de la Fuente, que ya visitó esta sección. También pudo serlo don Jerónimo de Cevallos, nacido en Escalona en 1560. Había estudiado en Salamanca y Valladolid y se estableció al fin en Toledo. Fue consejero del Concejo y escribió varios tratados en castellano y latín, uno de ellos, de 1623, dedicado a Felipe IV. En otro analizaba las causas de la decadencia de España. Este retrato refleja el estilo de los últimos años del pintor, una pincelada suelta y nerviosa, una agudeza psicológica espléndida.