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Miércoles, 2 de julio de 2003

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Lengua / Etimologías

Cigarreras

Por Karim Taylhardat

Menciona la ensayista Paloma Candela que la cigarrera española ha dado vida a uno de los seres más insólitos de la cultura popular de aquellas fábricas o establecimientos de mujeres —independientes, rebeldes, apasionadas— repartidas en once factorías en la Península, y llegando a sumar veintisiete mil expertas en tradición combativa (procesos de sindicación), evidenciada en los motines madrileños de 1830 y 1885, en justa protesta por la adquisición de aparatos mecánicos. Era del mismo sentir el poeta Ramón de Basterra (1888-1928): una civilización que sustituía la esencia, «La sabiduría está en las máquinas. / Calla doña Raposa, don León, don Caballo. / Avanza doña Grúa, don Cilindro, don Émbolo». Entre protesta y reafirmación, construyeron algo similar a lo descrito por Sierra Álvarez: «El muro de la fábrica es también una frontera», afirmando un ambiente sereno y bullicioso, melancólico en parte y cansado siempre en las calles y paseos de la Plaza Tirso de Molina, Embajadores, Mesón de Paredes y Miguel Servet.

El vocablo cigarro se origina de cigarra «por su caprichosa comparación con el cuerpo de ese insecto». Y del latín cicada. Cuevas Alcover narraba así aquel espacio de la fábrica: «En la planta baja estaban los molinos, las llamadas cuadras de cernido y los almacenes de tabaco en rama... En la planta alta, los talleres de cigarros, la moja y los diversos oreos...». Recibían el tabaco ya fermentado, lo seleccionaban y luego pasaba por la humectación, el desvenado de la hoja, la separación entonces o para tripa o para capa, otro oreo, el liado final y el empaquetado. Para ser contratadas las cigarreras de época, además de certificar una edad no inferior a doce años ni superior a treinta, se les exigía certificado de la parroquia, costumbres de vida más las posibles enfermedades padecidas, e incluso aportar los útiles de trabajo (la espuerta para el material, las tijeras, y el tarugo o tablilla para redondear los cigarros). Para 1923 debían saber leer y escribir, no padecer contagios (bronquitis, tuberculosis), estar vacunadas y no tener o mostrar defecto físico. En la novela La tribuna, de Emilia Pardo Bazán (1852-1921), con inmensa capacidad de desentrañadora social y de la tradición, pueden recrearse ustedes, navegantes invernales, con la descripción de aquellas cigarreras:

Agitábanse las manos de las muchachas con vertiginosa rapidez; se veía un segundo revolotear el papel como blanca mariposa, luego aparecía enrollado y cilíndrico, brillaba la uña de hojalata rematando el bonete y caía el pitillo en el tablero, sobre la pirámide de los hechos ya, como otro copo de nieve encima de una nevada.

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