ARTE / Claroscuro
Por Carmen Rallo
Aunque las técnicas quirúrgicas parecen cosa de nuestro tiempo, la trepanación ya era conocida en la Prehistoria, según estudios que ya datan del siglo xix. Existen distintas teorías acerca del tema: mientras que para Oakley (1959) servía para curar trastornos como la mastoiditis, para otros especialistas tendría un carácter mágico o, incluso, sería signo de antropofagia.
También se consideraba habitual entre los médicos egipcios, aunque realmente no se menciona en los papiros y sólo se tiene constancia de dos ejemplos genuinos de cráneos trepanados en el Museo del Cairo, y un tercero que describió Lesowsky (número ínfimo para los miles de cráneos humanos conservados de la época).
La cirugía es menospreciada durante la antigüedad clásica y la Edad Media, por influencia galénica y árabe. El médico deja ese campo libre a los barberos y curanderos, hasta que en el siglo xii comienza su rehabilitación en el norte de Italia y en Francia. De la primera zona se conserva el tratado De Aegritudinum curatione, donde se describe cómo la frenitis (locura) se debe a la aposthema (absceso) de la parte anterior del encéfalo, cuya única cura es su extracción.
Los musulmanes creían que la locura era una gracia divina y construyeron asilos para los enfermos mentales. Entre los cristianos éstos se tenían por pecadores castigados por Dios. No será hasta 1552 cuando se construirá el primer manicomio de Occidente en Valencia. La costumbre era encerrar a los locos en cárceles, leproserías, o en albergues para pobres y mostrarlos al pueblo dentro de una jaula, como seres raros o deformes.
En la escena de la pintura del Prado, el Bosco, con el gran sentido satírico que lo caracteriza, cuestiona quién es el verdadero loco, si el enfermo o el médico, tocado con un embudo en la cabeza. Como dice una sentencia flamenca: «Las cosas van mal, cuando el sabio va a curarse de su locura a casa de locos».
El médico va acompañado de otros extravagantes personajes que rodean un velador donde se encuentra un tulipán lacustre, símbolo de la riqueza pagada por el paciente. Una inscripción en letras góticas se ha traducido como: «Maestro, opérame enseguida. Mi nombre es Lubbert Das» (esta última palabra, a veces interpretada cómo simple).
Fechada hacia 1490, una pintura similar a la referida se encontraba en el comedor de Don Felipe de Borgoña. Fue adquirida más tarde por Felipe II, y en 1794 se recoge en el inventario del duque del Arco, de donde debió de pasar al Prado.