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Martes, 16 de julio de 2002

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ARTE / Claroscuro

Desnudo heroico

Por Marta Poza Yagüe

Los antiguos griegos eligieron el desnudo como forma de representar a sus dioses olímpicos. El desnudo también fue la forma escogida para las esculturas de sus grandes héroes históricos —políticos, militares y monarcas—, como Pericles o Alejandro Magno. En cambio los romanos, que mantuvieron la fórmula para las imágenes de las deidades de su panteón, consideraron inapropiada la desnudez total cuando se enfrentaron al problema de crear una iconografía heroica de sus emperadores, deificados tras la muerte.

Para solventar el problema optaron por la convención de añadir un paño, normalmente una toga aludiendo a la indumentaria típica del ciudadano romano, que cubría las estatuas desde la cintura hasta las rodillas. La solución no sólo tornaba en decoroso un desnudo; a la vez, y desde el punto de vista plástico, habilitaba a los escultores para crear sensaciones lumínicas de claroscuro, logradas a través de los numerosos y profundos pliegues de la tela que contrastaban con la superficie lisa del torso del personaje.

A este tipo de representación oficial pertenece una escultura del Museo del Prado de identificación difícil. La pérdida de la cabeza original, y su sustitución por otra de Augusto realizada en el siglo xvii, impide conocer con certeza si se trata de una imagen de Augusto o de Tiberio, reinados con los que coincide estilísticamente la pieza, buen ejemplo del neoclasicismo que se puso de moda en la plástica romana de la primera mitad del siglo i d. C.

Así, el eco de las obras emblemáticas de Policleto, como el Hermes o el Doríforo, está presente en el tratamiento corporal de la estatua, con músculos equilibrados, claramente definidos por el modelado, pero nunca exagerados en su definición. Igualmente es clara la deuda hacia el artista griego de fines del siglo v si se atiende a la postura, en un marcado contrapposto que desequilibra las caderas: la pierna derecha, en tensión, recibe todo el peso del cuerpo mientras que, la izquierda, aparece relajada y desplazada hacia atrás, dibujando una diagonal con la que se logra romper el espacio. Como atributo del poder, se añadió un bastón de general que empuña con la mano derecha levantada.

La obra perteneció a la colección que adquirió Felipe V en Roma a Livio Odescalchi, con destino a la decoración del Palacio Real de San Ildefonso, desde donde ingresaría en El Prado.

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