Literatura
Por José Jiménez Lozano
Nunca sabrán los estudiantes de ahora, por lo que atinamos a ver, lo que son unas vacaciones, porque, si su enseñanza es lúdica como nos dicen, entonces el ocio y el juego tienen que ofrecerles escasa novedad; aunque ciertamente tienen que echarse a la espalda tan increíble colección de libros y papelorios que se ven obligados a llevarlos como si arrastraran el mundo, o a llevarlos en un carrito.
La acedía del estudio ya era famosa en la Edad Media, y en algunos capiteles románicos vemos las imágenes de los doctores como con un velo de cansancio en sus ojos, un rictus de aburrimiento y hasta de tristeza; sobre todo cuando el ardor del verano se adelanta. Fray Luis de León, por ejemplo, que sin embargo era un profesor a quien sus alumnos adoraban, escribe «que es gran género de maldad ocuparse uno tanto y tal tiempo en la escuela y de aquí veréis cuán es la vida que así nos obliga» y se comentaba que también decía que prefería acarrear agua a enseñar. Pero se pasó la vida en ello, y desde luego nos dejó preciosa acta de la alegría de la llegada de las vacaciones, y de la relucencia totalmente distinta que adquiere el discurso de la inteligencia —no digamos ya la poesía o los diálogos filosóficos— bajo la sombra de los árboles y el ruido del agua de un regatillo. Y ya se ponía Sócrates a hablar debajo de un frondoso plátano.
Pero, de todos modos, las cosas son como son, y la misma palabra «cultura» viene del menester de cultivar la tierra, y en ella no se entra ni luego se conserva sin esfuerzo, exactamente como el trigo o las lechugas. No conviene engañar a nadie, diciéndole que es un juego y dándole canicas lúdicas para que se entretenga. Lo que sí pueden asegurársele son vacaciones verdaderas.